Serena - Capítulo 02

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Tres años después…


Puede que el tiempo pase, pero algunas costumbres siempre permanecen.
Muchas cosas cambiaron, pero la amistad entre Anna, Teresa y Serena seguía intacta, y se había reforzado si fuera posible.
Las tres amigas inseparables estaban reunidas; como siempre en casa de Anna, tomando el té en la galería, con una gran diferencia: tres palomitas revoloteaban a su alrededor, jugando en el jardín, bajo las atentas miradas de sus madres y niñeras.
Increíblemente, todas habían tenido una niña: Catalina, la hija de Serena, Cati como la llamaban cariñosamente; tenía dos años y medio, era el vivo retrato de su madre. Olivia, la hija de Anna tenía dos años y cuatro meses, la llamaban Oli y era muy parecida a su orgulloso padre, incluso en el carácter. Teresa, quien no podía quedarse atrás, también se había quedado embarazada. Ámbar, su pequeña hija, estaba a punto de cumplir los dos años, y ella estaba embarazada de nuevo.
 —Espero que esta vez sea un varoncito, —comentaba orgullosa. —¿Y tú, Anna, cuando planeas el próximo?
—En realidad estamos cuidándonos, pero ahora que te adelantaste, me apuraré. —Contestó risueña.
Todas rieron.
—Creo que tendrías que casarte de nuevo, Sere, así continúas la producción a la par que nosotras. —Especuló Teresa, siempre directa.
Serena las miró y sin pestañear contestó:
—No lo creo, amigas. El matrimonio no es para mí. Estoy feliz con la vida que tengo, Cati es todo lo que necesito para ser feliz.
—Eso lo dices porque no te has enamorado, Sere. —Dijo Anna. —Ya llegará un hombre bueno que te haga cambiar de opinión. Eres demasiado joven para quedarte sola toda la vida.
—Quizás solo tenga veinticuatro años, pero me siento como una anciana. —Contestó con amargura contenida. —No quiero más complicaciones en mi vida, ya tuve suficiente. Soy una mujer respetable, tengo una hija a quien adoro, un hermano que nos cuida como si fuéramos de cristal, y soy la directora de la «Fundación Ernesto Gutiérrez para niños huérfanos», ¿qué más podría desear en la vida?
—¡Un hombre que te haga vibrar por las noches, amiga! —Contestó Teresa.
Serena sonrió.
—No necesito casarme para eso, Teresa. Soy viuda, puedo moverme por la vida a mi antojo, puedo tener amantes si quisiera, solo debo ser discreta, no necesito el permiso de nadie.
Anna y Teresa se miraron, ya estaban acostumbradas a los cambios que se habían producido en Serena. De la jovencita ingenua y dulce que había sido, se había convertido en una mujer exteriormente fría y calculadora. La trasformación había sido sorprendente, pero ellas sabían que la esencia seguía allí, que todo no era más que una fachada para el resto del mundo, una muralla protectora que ella misma había construido.
Lastimosamente, ella misma creía en esa fachada ficticia que había creado alrededor de ella. No era para menos, había pasado por muchas experiencias, y muy traumáticas. Nunca les había llegado a contar exactamente cómo se había quedado embarazada de Cati, y menos aún quién era el misterioso padre de su hija. Tampoco sus amigas se lo preguntaron, no querían remover el pasado y causarle más daño. Como ella bien lo dijo una vez: «estaba muerto y enterrado». A la vista del resto del mundo, Cati era hija de Sebastián Vial, el esposo fallecido de Serena, hace poco más de un año atrás.
—Me va a dar un ataque al corazón, Serena… —Anna abrió los ojos como plato. —¿Tienes un… mmmm, un amante?
Serena rió a carcajadas.
—No, amiga. —Contestó, y guiñándoles un ojo continuó: —Pero no me vendría mal.
—Eres una mentirosa, —Dijo Teresa, riendo. —No te animarías.
—Probablemente no, —confirmó Serena. —Eso no haría más que complicar mi vida. Pero a veces… no sé, a veces me siento realmente muy sola, quisiera tener lo mismo que ustedes. Y luego me pongo a pensar, un marido sólo haría que dependiera de él y me limitaría en muchas cosas. Me siento tan bien así, libre de hacer lo que quiero, sin dar explicaciones a nadie.
—Un buen marido no tiene por qué coartar tu libertad, Sere. —Respondió Anna. —Yo no siento que Alex me limite en nada.
—Yo tampoco, —aseguró Teresa. —Daniel es un marido muy comprensivo.
—Sus maridos son excepcionales, chicas. Tuvieron mucha suerte, y me siento muy feliz por ustedes. —Respondió Serena. —Pero yo prefiero no arriesgarme. Ya pasé por demasiadas malas experiencias. Ahora solo quiero vivir tranquila y feliz. Criar a mi hija y hacer lo que me plazca. La Fundación me da muchas satisfacciones, y eso tengo que agradecerles a ustedes, su apoyo fue invaluable, más aún el aporte de la herencia de tu tío, Anna. Sin eso no hubiera sido posible.
—Tío Ernesto estaría muy orgulloso de lo que conseguimos, Sere. Y yo no necesitaba ese dinero. —Aseguró Anna. —Está muy bien empleado.
La «Fundación Ernesto Gutiérrez para niños huérfanos» fue financiada originalmente por la herencia que recibió Anna de su tío fallecido, un hermano no reconocido de su padre, al que conocieron cuando ya era mayor. Anna lo adoraba y fue el último pariente vivo que le había quedado luego de que su padre falleció cuando ella tenía dieciocho años.
La Fundación se auto-financiaba con un negocio de ramos generales que el tío también le había legado en una ciudad vecina. Habían vendido las dos propiedades que eran parte de la herencia y compraron otra en la capital para albergar a los niños. Todo funcionaba sobre ruedas, dirigido por las tres, aunque Serena era la parte más activa.
Como directora de la institución, acudía al albergue tres o cuatro veces por semana. El resto del tiempo lo dedicaba a su hija y a la casa de su hermano, que si bien estaba a nombre de ella y era herencia de Cati, era su hermano el dueño de todo, y tenía el poder sobre todos los bienes como albacea universal del testamento.
¿Qué más podía pedir? ¿Amor? A su criterio el amor estaba sobre-evaluado. El amor sólo le había traído sufrimiento. No lo necesitaba, no quería enamorarse de nuevo.
Las niñas, cansadas de tanto jugar, llegaron corriendo e interrumpieron su conversación trepando a sus faldas, balbuceando incoherencias que sólo sus madres podían entender.
Todas rieron y se dedicaron a sus niñas que reclamaban su atención absoluta.


Era lunes a la mañana y Serena estaba en el albergue, como era usual. Estaban entrando en la estación invernal, y aunque las temperaturas no cambiaban mucho en climas tropicales, las variaciones eran bruscas cuando hacía un poco de frío.
—Señora Vial, dos de los niños están resfriados y con mucha tos. Mandamos a buscar al doctor Vega para que los atienda. —Le comunicó Hortensia, una señora mayor y muy dulce, que era la mano derecha de Serena en el albergue.
—Hiciste bien, Hortensia. Avíseme cuando llegue, por favor, estaré en mi despacho.
—Ya está aquí, señora. —Contestó.
El doctor Arturo Vega asomó detrás de Hortensia.
—Buenos días, señora Vial. —Saludó educadamente.
—¡Doctor Vega! Que sorpresa, qué rapidez. —Contestó pasándole la mano suavemente. —Un gusto verlo, como siempre, me alegro que haya podido venir tan pronto.
—Siempre es un placer servirles, señora Vial. —El doctor tomó la mano que Serena le ofreció y la llevó a su boca, rozándola con sus labios.
—El placer es nuestro, doctor. Su ayuda desinteresada es invaluable para nosotras. —Retiró su mano y mirando a Hortensia, dijo: —Querida, por favor, lleva al doctor a ver a los niños. —Luego miró de nuevo al médico: —Me gustaría saber el diagnóstico cuando termine, doctor.
—Pasaré por su escritorio, señora. —Y con una inclinación de la cabeza se retiró, siguiendo a hortensia.
Serena se quedó parada, mirándolo.
No era un hombre guapo en el sentido usual de la palabra, pero era muy atractivo: de pelo rubio ceniza, alto y elegante, muy masculino, siempre impecablemente vestido. Debía rondar los treinta y cinco años, era viudo y tenía un hijo de once años. Lo conoció cuando atendió a Teresa convaleciente de su enfermedad, y ella había ayudado a Daniel a cuidarla.
Era un médico familiar muy renombrado y había traído al mundo a las tres niñas, incluyendo a Cati. Él mismo se había ofrecido a atender a los niños del albergue, su ayuda era muy estimada por todos.
Al darse cuenta que todavía estaba parada, mirando la puerta por la que habían salido Hortensia y el médico, suspiró, dio media vuelta y fue a su despacho a revisar los papeles pendientes y a contestar la correspondencia atrasada.
Luego de media hora, estaba de espaldas a la puerta, buscando un folio entre los libros de la biblioteca, cuando escuchó un suave «clic». La puerta de su despacho había sido llaveada.
Sonrió interiormente, pero no volteó.
Su corazón palpitaba descontroladamente.
Segundos después, sin mediar ningún ruido de por medio, sintió la caricia de un aliento caliente en su nuca, y unas manos que se posaron suavemente en su cintura.
Serena gimió.
Unos labios experimentados estaban haciendo maravillas en su nuca, hombros y cuello. Sentía la caricia de unos bigotes bien recortados, como si de una pluma se tratara. Ella se estremeció. Él lo sintió, también algo más, una entrega dulce que lo obligó a contener la respiración.
Serena se recostó suavemente en su torso y apoyó ambas manos sobre las suyas, que ya estaban ciñéndola posesivamente.
Ambos vieron sus reflejos en el vidrio de una de las vitrinas de la biblioteca, se miraron y sonrieron.
Él le tocó el pelo y se lo acarició con suavidad, tomando entre sus dedos un mechón que se había soltado del rígido moño que llevaba.
La estrechó más fuerte, presionándola contra su pecho y su creciente erección. Estaba entre sus piernas, y no sabía qué hacer con las manos mientras él se inclinaba sobre ella y besaba de nuevo su cuello, llegó a su oreja y la mordisqueó. Ella volvió a gemir, desesperada.
La volteó suavemente y se miraron a los ojos. Subió ambas manos a su cara y posó sus labios sobre los de ella, suavemente al principio, con una incipiente urgencia después, Serena se vio atrapada en ellos, con todas sus preocupaciones desapareciendo a causa de la intensidad del momento, y de aquellos sentimientos. Fue ella quien abrió la boca para explorar la suya. El gemido que él profirió la hizo sentir poderosa, consciente de lo que tenían entre ellos. Con la lengua probó sus labios y su boca, con su cuerpo presionado conscientemente contra el suyo, y sintió cómo la mano de él pasaba alrededor de su cintura hasta sus costillas, y luego hasta su pecho.
Ahora fue su turno de lanzar un gemido, para retorcerse mientras aquella increíble sensación la atravesaba. Tan solo había dos prendas de ropa sobre su piel, aunque hubiera sido lo mismo si no hubiera habido ninguna, así de cerca sentía su mano. Él la besó y acarició, pasando sus dedos por uno de sus pezones hasta que éste fue una presión dura contra su mano. La marea de placer se movió de arriba hasta abajo por todo su cuerpo, hasta convertirse casi en un dolor entre sus muslos.
Se oyó el llanto de un niño procedente del final del pasillo. En ese momento, cuando su mente volvió en sí, fue justo cuando se dio cuenta de que no le importaba que el hombre con el que estaba conscientemente compartiendo esa intimidad no fuera su marido.
De todas formas, como se esperaba de ella, dijo:
—Arturo, compórtate, por favor. —Separándose y sonriéndole.
—Serena, me vuelves loco. —Se pasó ambas manos por su pelo y suspiró.
—No es mi intención, mi querido doctor. —Dio media vuelta y se apoyó en su despacho. —No podemos seguir haciendo esto, no es correcto. —Y cómo si de verdad le importara, dijo: —No eres mi marido.
—No me importaría serlo, cariño.
Ella se tensó. Él lo notó.
—Nunca voy a volver a casarme. —Dijo suave, pero firmemente.
—Entonces… ¿qué es lo que tenemos, Serena?
—Lo siento, Arturo, no tengo respuesta a tu pregunta.

Continuará...

2 comentarios:

Patricia dijo...

uyyy esto esta lleno de intriga y secretos, me encanta este capi, jejeje q bien ocultados estan, besossss

Maria H. Sanchez dijo...

precioso blog, antes de seguir leyendo quiero decirte que tengo un blog que me gustaría que conocieses; se llama http://coquetteysubaul.blogspot.com/ espero que te guste. un saludo

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