Aguas Mixtas - Partida (Crucero Erótico 01)

lunes, 12 de septiembre de 2011

Puerto de Río de Janeiro
20 de Diciembre.

Todo era un caos a bordo del "Aguas Blancas".
El crucero, que recorría las costas del Brasil desde Río de Janeiro hasta el nordeste, estaba a punto de partir e iba recibiendo lentamente a los visitantes de todo tipo de nacionalidades.
"Aguas Blancas" realizaba el mismo itinerario dos veces por mes, la particularidad de este viaje consistía en que pasarían la Navidad durante la travesía, por lo tanto muchas familias optaban por realizarlo.
Todos los tripulantes estaban en sus puestos, o movilizándose de aquí para allá supervisando que todo estuviera en orden.
Solo Sebastián Pardo, el médico de a bordo, que no tenía ninguna función específica en ese momento, estaba quieto sobre la cubierta superior de acceso observando atentamente a las personas que subían a bordo en fila desordenada. El rumor de las conversaciones le llegaba suavemente desde abajo.
Miró el horizonte y suspiró. De nuevo lo mismo, pensó. Siete días sin nada más que hacer que proveer analgésicos, píldoras para el mareo, alergias y algún que otro malestar. Quizás debería renunciar. Dedicarme de lleno a mis consultas privadas y al hospital.
Estaba cansado de los cuatro años que llevaba haciendo la misma travesía, harto de ver siempre lo mismo y hacer las mismas cosas. Sabía que era un privilegiado, muchos matarían por obtener su puesto. Trabajaba en el barco solo la mitad del año en las estaciones de primavera y verano, y dentro del mes solo tenía ocupado quince días. El resto podía hacer lo que se le antojara.
Sebastián era chileno, pero había estudiado la carrera de medicina en Río de Janeiro, y durante ocho años, incluyendo la especialización y residencia, esa ciudad fue todo su mundo, cuando regresó a Chile se encontró con que no había nada para él allá. Todos sus amigos y actividades, incluyendo su novia estaban aquí, en esta tierra de sol, playas, zamba y carnavales.
Cuando renunció a su vida anterior y volvió para quedarse al cabo de un año con un trabajo seguro, se encontró con que Dacil, la que él creía el amor de su vida, lo había dejado plantado por otro. Ella era una mulata preciosa, tres años mayor que él.
Ahora la recordaba con cariño, pero en ese momento su mundo se había desmoronado y le llevó bastante tiempo sobreponerse. Durante los cuatro años de relación, ella le había enseñado a ser un hombre de verdad.
El murmullo de una familia bastante ruidosa llamó su atención y se acercó a la baranda a observar. Eran asiáticos y tenían esa particular forma de hablar tan propia de ellos, un poco a gritos, casi pareciendo enojados. Yanela Araújo, la anfitriona del crucero los estaba recibiendo con una sonrisa. Eran cinco miembros, los padres, una adolescente y dos niños.
No. Eran seis, una hermosa joven de largo cabello negro, esbelta, elegante y con mirada casi etérea, estaba con ellos, un poco rezagada, casi avergonzada por el comportamiento de su familia.
Sebastián apoyó sus antebrazos en la baranda, inclinándose para observarla. Siempre había tenido un fetiche especial con las mujeres de otras razas, le encantaban las afroamericanas, mulatas y asiáticas. ¡Santo Cielo! Las japonesas en especial lo volvían loco con esos ojos rasgados, esa piel blanca que parecía seda y ese aire de geishas.
Ella parecía serlo, y se veía fastidiada. Respondió con monosílabos a algo que su madre le dijo y tomó a uno de sus hermanos menores del brazo, instándolo a que se quedara quieto.
Cuando estaban avanzando, ella levantó la vista y sus ojos se encontraron. Los entornó ligeramente y él sonrió, saludándola con una ligera inclinación de la cabeza. La joven le correspondió con el mismo gesto, al ver su uniforme y darse cuenta de que era miembro de la tripulación.
¡Qué hombre tan interesante! Pensó Hikari Fukumitsu. En esos dos segundos en los que sus ojos se encontraron, sintió como él le recorría descaradamente el cuerpo con su mirada, y una corriente eléctrica le traspasó la piel, estremeciéndola, casi como si fueran sus manos las que estuvieran haciéndolo.
—Bienvenida a "Aguas Blancas", señorita Hikari —le interrumpió Yanela con una sonrisa, volviéndola a la realidad—. Su camarote y el de su hermana se encuentra en la cubierta azul, subiendo las escaleras a la mano derecha, es el número 104. —Le entregó dos llaves electrónicas—. Espero disfrute de su estadía con nosotros.
—Gracias señora —respondió educadamente y siguió a su familia.
Cuando llegó a su habitación, que era pequeña, con dos camas, pero tenía vista al exterior, se dejó caer pesadamente en una de ellas y suspiró. Su hermana hizo lo mismo.
—Luz, esto es el paraíso —dijo Shinju, alias Perla, riendo—. Y lo mejor de todo es que papá está en la otra cubierta familiar con los dos terremotos.
—Mejor así, nos dejará en paz por unos días, no podemos ir a ningún lado de todos modos —contestó suspirando, miró a su hermana y con aire de complicidad, agregó—. Perla, ¿viste a ese hombre que nos observaba atentamente desde la cubierta superior?
—Nooo ¿Era guapo? —preguntó curiosa.
—Impresionante, por el uniforme que llevaba debe ser miembro de la tripulación. Es alto, un poco narigón —dijo riendo—, pero le queda bien, de cabellos claros color ceniza y ojos verdes. ¡Por Ninigi ! Esos ojos casi me desnudaron. Me miró de arriba abajo con descaro y me saludó con un ligero movimiento de la cabeza, sonriendo.
—¿Vas a hacerlo, Luz? —preguntó su hermana, preocupada.
—No lo dudes. No me queda mucho tiempo, y éste lugar es fantástico para mis propósitos. Nadie nos conoce, y no tendré que enfrentarme de nuevo al hombre que elija cuando volvamos a la realidad. Creo que deberíamos cambiarnos e ir a la piscina, es el lugar ideal para conocerlos —Al ver que su hermana no se movía, la apuró—: ¡Vamos nena, mueve ese trasero! Ni siquiera es mediodía, es el momento oportuno para tomar sol. Luego no podremos hacerlo hasta después de las cuatro de la tarde si no queremos pescar una insolación.
Perla suspiró, y no dijo nada. Pensó en volver a tocar el tema con su hermana, pero ya lo habían hablado cientos de veces y no lograba convencerla.
Sonrió pícaramente.
La única solución que le quedaba era vigilarla y tratar de frustrar sus planes con su presencia constante.
En eso escucharon el sonido característico del barco anunciando la salida, y al rato, luego de ordenar sus ropas, mientras se estaban cambiando, sintieron un suave movimiento.
Luz se mareó ligeramente. Habían zarpado.

Continuará...

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