Aguas Claras - Primer día (Crucero Erótico 02)

domingo, 27 de noviembre de 2011

En el Mar…
30 de Diciembre.

Horas después todavía seguía intrigado con las reacciones de Julia.
Parecía como si no deseara que se le acercara, sin embargo creyó verla disfrutar del intercambio que presenció entre él y su amiga, era extraño. Cuando iban hacia el camarote, Karina la había abrazado… no rehuía su contacto, pero sí el de él. ¿Sería del otro bando?
Claramente un desperdicio para el género masculino si fuera así, era de una belleza extraordinaria. Y Karina, si bien se prestaba a ciertos juegos entre tres, no era lesbiana, lo había comprobado.
Tenía que verificar su teoría, y para eso necesitaría llevarla al límite, era su especialidad, la idea de seducirla y reducirla a una masa temblorosa y suplicante lo tentó.
¡Santo Cielo! No podía dejar de pensar en ella desde que la vio.
Si seguía así, la masa temblorosa y suplicante sería él.
Emitió un gruñido y casi choca con Yanela en la cubierta.
—Hey, amigo… —lo tomó de ambos brazos mirándolo intrigada— ¿te pasa algo?
—No… no Yan. Todo está bien, ¿por qué?
Yanela lo miró fijamente, como solo ella sabía hacerlo, penetrando dentro de lo más profundo de uno mismo, como si pudiera leer en los ojos de la otra persona hasta el más mínimo secreto. Era un aparato humano de rayos X, y él odiaba cuando lo escaneaba.
—Estás alterado —afirmó.
—Lo que estoy es apurado, cielo —mintió para despistarla.
Pero era muy difícil engañar a Yanela, lo observó con los ojos entornados. Pablo respetaba esa mirada, y le daba escalofríos.
—Tu aura está diferente hoy, amigo… tranquilízate, te espera una semana muy agitada, ¿no?
—Eso todos en el barco lo saben, Yan… —contestó riendo.
—Pero será más complicado de lo que esperas, amigo… —Pablo frunció el ceño, Yanela había entrado en su famoso trance—, ¿cómo pueden dos rosas ser tan diferentes y formar parte del mismo jardín? La más hermosa es muy frágil, ha sido dañada y su tallo está desprovisto de espinas, como si se las hubieran arrancado. La más llamativa sin embargo, tiene tantas espinas que debes tener cuidado de no pincharte, su aroma tiene un poder especial sobre ti, pero el problema no son las rosas, sino tú… si no deseas ser atrapado entre los pétalos de una de ellas, mide tus ansias de explorarlas, picaflor.
Pablo la miraba con la boca abierta, con un gran signo de interrogación sobre la cabeza.
—¿Sabes qué, cariño? —dijo luego de desorientarse unos segundos— Deja de hablar en chino… ¿puedes traducirlo? Hasta en guaraní lo entendería… che kuñakarai .
—Rohayhú, kuimba'e … —contestó Yanela sonriendo— lo entendiste, no te hagas el tonto, no tienes ni pizca.
Se dio la vuelta y se alejó.
Pablo se quedó parado mirándola, y luego se acercó a la baranda a observar la piscina. Recordó la frase "Mide tus ansias de explorarlas" y sacudió la cabeza negativamente.
Era como pedirle a una abeja que dejara de producir miel.
Observó hacia abajo: allí estaban las dos… una pura sonrisas y alegría, la otra seriedad y serenidad. Suspiró, se sentía tremendamente atraído por Julia, sabía que a Karina no le importaría que flirteara con su amiga, al contrario, le encantaría. Pero… ¿cómo tomaría Julia el hecho de dormir con su amiga e intentar seducirla a ella?
No podía echarse atrás, ya estaba en el baile.
No le quedaba otra que danzar al compás de lo que venga, estaba seguro que por lo menos se divertiría.
Ambas estaban acostadas en las reposeras al borde de la piscina tomando sol.
¡Dios Santo! Qué preciosa es… pensó al mirar a Julia. No veía en toda su piel un solo centímetro de imperfección, esas largas piernas lo volvían loco, y esos senos firmes, de buen tamaño y forma perfecta lo invitaban a adorarlos.
Su biquini era mucho más osado de lo que se imaginó que usaría, pareciendo tan remilgada, eso lo sorprendió. Tres triángulos rojos minúsculos que apenas la tapaban y podía ver que sus pezones estaban tensos debajo. No tenía un solo gramo de grasa de más en su esbelto cuerpo, parecía hecha a mano por un escultor, a su medida.
Luego miró a Karina y sonrió con ternura. La adoraba, pero no era un monumento de mujer, lo sabía… su encanto residía en su personalidad alegre y explosiva. Era pura curvas, voluptuosidad, y hacía el amor como los dioses, no podía negarlo, nunca estuvo con una mujer más desinhibida que ella en toda su vida. Sabía perfectamente lo que le gustaba y cómo conseguirlo.
En ese momento ella lo vio y pegó un grito.
—¡Palitooo! —y le hizo un ademán con la mano para que bajara junto a ellas.
Como se había cambiado su traje, vestimenta usual para recibir a los visitantes, se sintió más cómodo para acompañarlas un rato. Llevaba bermudas blancas, quepi, sandalias y una camiseta con el logo del crucero.
Se le ocurrió una idea y sonrió, bajando hasta la piscina.
—Buenas tardes, hermosas damas —dijo al llegar hasta ellas. Se sentó en la reposera de Karina, mirando hacia la de Julia, entre medio de las dos.
Al instante el huracán Karina se prendió de su cuello y le estampó un sonoro beso en la mejilla.
—Hola Palito querido —dijo acariciándole la cara con la nariz.
Él le sonrió y miró a Julia, la recorrió lentamente con la mirada antes de hacerle una seña con el dedo indicándole caraduramente que quería otro beso en su otra mejilla.
Primero sintió que se retraía en su asiento, luego miró a Karina, quién sonrió asintiendo, como dándole permiso.
Pablo podía palpar la tensión de la joven. Dudosa, se acercó a él y depositó un micro beso en su mejilla, que él sintió como un rayo. Sus labios eran cálidos y suaves.
—¿No fue tan difícil, eh? —dijo juguetonamente— me lo debías.
Ella sonrió suavemente.
—No, no lo fue —aceptó.
—Y ahora, bellezas, estoy preparado para untarles todo el protector solar que quieran por sus hermosos cuerpos… ¿quién va primera?
—¡Yo, yo , yooo! —dijo Karina, por supuesto, y se volteó de espaldas para que empezara por sus hombros.
Mientras lo hacía, iniciaron una conversación sobre lo que habían hecho los ocho meses que no se habían visto. Aunque siempre se mantenían en contacto por correo electrónico había muchos detalles que solo podían contarse personalmente. Julia se mantenía en silencio, ajena a la conversación, hasta que él le preguntó:
—¿Y tú qué haces Julia? ¿Estudias, trabajas?
—Me acabo de recibir de psicóloga —informó—, y trabajo como residente en un hospital estatal por ahora, fue donde hice mi pasantía y donde trabaja Kari de enfermera. A mi vuelta tengo pensado abrir mi propio consultorio privado.
Pablo se sorprendió por dos cosas: una, la había oído pronunciar más de dos palabras, y dos: ¿psicóloga? ¿Con lo insegura que parecía? 
Por supuesto, no lo dijo en voz alta.
—Debe ser fascinante poder ayudar a la gente, pero ¿no es estresante también? Oír tantos problemas… ¿no te afectará?
—Espero que no, nos preparan para eso. Un buen psicólogo tiene que ser sobre todo observador, tener un alto nivel de atención, la mente muy abierta y saber escuchar a los demás para poder proceder a un estudio, pero no involucrarse con el paciente afectivamente. Por eso no es recomendable atender a parientes y amigos, no es ético.
—¿Y tú, gacela… tienes la mente muy abierta? —le preguntó a Julia pasando las manos por la espalda de Karina, mientras le untaba el protector.
—¿Gacela? —dijo Karina burlona, metiéndose en la conversación.
—Sí, la gacela es un animal hermoso, ágil, con patas largas y se escabullen al menor ruido o signo de presencia humana… ¿no le queda pintado el apodo? —le guiñó un ojo a la aludida.
—¿Cr-crees que yo soy así? —preguntó avergonzada.
—Sí… al menos es lo que pude percibir en este corto tiempo —la diplomacia no era una de las características más resaltantes de Pablo, siempre iba directo a la yugular— hasta ahora no permitiste que te tocara siquiera un dedo, peor aún, sentí que las veces que me acerqué mínimamente a ti, retrocediste como si fuera una peste… ¿puedo saber el motivo… ga-ce-la?
Julia se ruborizó y bajó la cabeza.
Pablo se sintió el más miserable de los hombres ¡Mierda! ¿Por qué no mantenía su bocota cerrada?
—Lo siento, Pablo —dijo levantando la mirada— te juro que no tiene nada que ver contigo. No lo veas como algo personal, por favor.
—No, yo lo siento… no debí meterme, no es de mi incumbencia —dijo con sinceridad y extendió su brazo con la palma hacia arriba— ¿Podrías darme tu mano?
—¿Pa-para qué? —preguntó dudosa.
Karina observaba callada y seria el intercambio, seguía boca abajo y con la cara apoyada en sus manos.
—Confía en mí, Julia… Kari lo hace ¿no? —y movió su mano en silenciosa invitación.
Ella miró a Karina y ésta le guiñó un ojo. Muy despacio… demasiado, fue levantando su mano hasta que la posó en su palma, como en cámara lenta.
Él bajó la cabeza, mirándola y posó un suave beso en sus dedos.
Sintió un suave gemido. Cuando iba a encerrar su mano entre ambas de él, ella la retiró de un tirón.
—¿No estuvo tan mal, eh? —preguntó sonriendo.
Julia se puso roja como un tomate y dirigió su vista hacia Karina, furiosa.
—¿Tú preparaste esto, no? —preguntó acusándola con el ceño fruncido— Y tú… —continuó mirando a Pablo— eres un excelente actor. Ambos se merecen el uno al otro… ¡Imbéciles!
Sin permitir que le contestaran, se levantó, dio media vuelta y a grandes zancadas huyó refunfuñando.
Pablo miró a Karina sin entender la reacción.
—¿Qué pasó? ¿Tu amiga está loca? —preguntó.
Ella se arrodilló en su espalda y sonriendo, lo abrazó por detrás.
—No te preocupes por ella, en una rato volverá con el rabo entre las piernas arrepentida y pedirá disculpas por habernos gritado. No tiene malicia —le dio un beso en el cuello, lo apretó fuerte y pensativa dijo—: Sabía que esta era la solución.
—¿Solución para qué? ¿Qué es lo que pretendes, monita?
—Es solo un juego divertido, amorcito… —dijo posando un lujurioso beso en sus labios— tú sígueme la corriente, como siempre, ¿ok?
Pablo gruñó.



¿Dónde estarán las chicas? Se preguntó Pablo cuando fue al camarote a bañarse y cambiarse. Creyó que las encontraría preparándose para la cena.
Se encogió de hombros y entró al sanitario.
Terminó de ducharse y salía del baño secándose el cabello con la toalla cuando las vio tiradas en la cama conversando. Y ambas lo miraron: estaba completa y absolutamente desnudo.
—Mmmm ¿no es un buen espécimen masculino, Juli? —preguntó Karina sonriendo lascivamente.
Pablo bajó la toalla y se cubrió de la cintura para abajo.
Julia se sonrojó, y… ¡milagro! Sonrió pícaramente también.
—Mira esos músculos, guau, y esas piernas —continuó dándole un codazo a su amiga— que pena, se cubrió la parte más interesante.
—Deja de hablar como si no estuviera, monita —dijo Pablo acercándose a la cama—. Al parecer, chicas, esta convivencia nos deparará encontronazos como este, así que más vale que se vayan acostumbrando, porque la próxima vez no pienso cubrirme.
—Eso va dirigido a mí, obviamente —dijo Julia— no me molesta verte desnudo, Pablo, no te preocupes. Y ya que vamos a definir ciertas pautas de comportamiento, hay algo que quiero decirte y otra que quiero pedirte.
—Te escucho, gacela —y se sentó al borde de la cama.
Ella retrocedió, se acomodó contra la pared y dijo:
—Primero que nada, quería pedirte disculpas por mi proceder esta tarde. Yo… creí que… bueno, pensé que Karina había tramado algo contigo, y… saqué conclusiones erróneas, lo siento. Ella me explicó que no tuvo nada que ver, que tú simplemente eres así.
—¿Así… cómo? —preguntó intrigado.
—No sé, extrovertido, sincero… intenso.
—Intenso… —repitió. Sonrió y miró a Karina, luego volvió la vista hacia su amiga de nuevo—: ¿Y eso te asusta?
—Un poco…
—Un poco está bien, mientras no huyas de mí. Y aceptaré tus disculpas con una condición.
—Tiemblo al pensar cuál será —respondió seria.
—Solo quiero un beso, gacela… —dijo pícaramente.
—Justamente sobre eso deseaba hablarte —Karina estaba callada, escuchando atentamente la conversación. Pablo la miró interrogante—: Yo… quería pedirte algo importante para mí.
—Dime, cariño —contestó.
—Si vamos a definir pautas de conducta, pues yo… yo necesito pedirte que no… que no me toques —él frunció el ceño— no tiene nada que ver contigo, Pablo, es solo que no me gusta, todos, no solo tú… lo siento.
Muy serio, miró a Karina, quien tenía una rara expresión en su cara, como cansada y resignada, luego volvió la vista hacia ella:
—Bien —contestó encogiéndose de hombros— no te tocaré… a menos que tú me lo pidas.
—No lo haré —afirmó categóricamente.
—Ya veremos… —se acercó a la cómoda y sacó un bóxer— otra cosa: tú siéntete en la libertad de tocarme cuando quieras, gacela, —dijo tirando la toalla al piso—: y todavía me debes un beso.
Karina quería reír a carcajadas, pero se contuvo.
Él es exactamente lo que ella necesita, pensó.
Y Julia, embobada, no podía dejar de mirarlo mientras se vestía.
—¡Levanten sus hermosos culitos de la cama, chicas! ¿Qué esperan? La cena nos aguarda… y estoy famélico.
Ambas saltaron del somier y se dispusieron a bañarse y cambiarse.
Como él estuvo listo en contados minutos, dijo que las esperaría en el comedor y les dejó espacio para que se prepararan solas… o mejor dicho, a la remilgada de Julia, dudaba que quisiera desnudarse frente a él.
—Por tu expresión parece que no estás disfrutando mucho el tener a dos mujeres a tu disposición, amigo —le dijo Sebastián Pardo, el médico de a bordo, cuando llegó al comedor.
—Mmmm, no es precisamente como lo que esperaba, Seba —contestó contrariado—. Hubiera preferido que Karina viniera sola. Su amiga es… ¿cómo definirla? Muy rara.
—¿En qué sentido? —preguntó el médico intrigado.
—Qué se yo… tiene reacciones extrañas. Tú eres médico quizás puedas ayudarme. Dime… ¿cuál puede ser la causa por la que una joven y hermosa mujer no desee el contacto físico? De ningún tipo, ni siquiera un simple beso en la mejilla como saludo.
—Bueno, pueden haber cientos de causales. Pero no necesitas un médico clínico para eso, más bien un psicólogo.
—Ella lo es…
—¿Es qué?
—Psico-loca… digo: psicóloga.
Sebastián rió a carcajadas por la expresión.
—Pero cuéntame, Seba… —dijo cambiando de tema— ¿qué pasó con Luz? ¿Siguen en contacto?
—Por supuesto que sí, amigo… e iré a visitarla a Asunción cuando termine este crucero. Espero poder traerla a vivir conmigo en breve. Tenerla lejos está resultando más duro de lo que me imaginaba. Y a ella le pasa lo mismo.
Pablo asintió, sabía lo mucho que Sebastián amaba a la hermosa japonesa que había conocido en el viaje anterior, y todo lo que habían pasado para poder estar juntos. Había sido testigo de esa relación, ya que se hizo amigo de Perla, su hermana.
—Espero que todo resulte como esperas, hacen una hermosa pareja.
Sebastián suspiró.
—Sí, yo también lo espero —dijo con melancolía— arruinó mi percepción de las demás mujeres, así que lo menos que me debe es pasar conmigo el resto de mi vida.
—¿Realmente existe eso? —preguntó intrigado.
—Cuando te enamores lo sabrás, amigo… —contestó Sebastián dándole unas palmadas en el hombro.
Pablo frunció el seño. Dudaba que a él le pasara algo similar.
—Buenas noches Sebastián, Pablo… —saludó el capitán Leopoldo Butteler, un hombre excesivamente serio, que imponía mucho respeto. Un cuarentón de aspecto impecable, que hacía suspirar a más de una mujer a su alrededor, pero que no prestaba atención a ninguna. Todos lo trataban con excesiva cortesía, menos Yanela, que parecía disfrutar tomándole el pelo constantemente, y Sebastián, que era uno de sus amigos más cercanos.
—Hola Leo —saludó el médico.
—Buenas noches, capitán —dijo Pablo— con el saludo marinero usual.
—¿Qué les parece la nueva profesora de gimnasia? —preguntó Leo.
—Parece tener un buen currículum —contestó el médico.
—Habría que verla en acción —contestó Pablo y lo miraron con las cejas ladeadas— …dando clases de gimnasia y baile, me refiero —aclaró.
Ambos sonrieron.
—¿Y tus amigas, Pablo? —preguntó el capitán.
—Se estaban cambiando… huí de allí, es un poco incómodo el proceso cuando hay tan poco espacio.
—El que quiere azul, celeste que le cueste, amigo… —dijo Sebastián.
—Mmmmm, sí... —y miró hacia la amplia escalinata de acceso del comedor. ¡Por todos los cielos! Esa mujer lo volvería loco.
Las dos jóvenes estaban preciosas, Karina con un conjunto de raso dorado y Julia… ¡Dios Santo! Con un vestido rojo sangre, tan ceñido a su escultural figura, que dejaba poco a la imaginación.
—Eh… ahí llegaron —anunció.
Los tres voltearon y las miraron embobados.
Los cuatro, porque Andrés llegó en ese momento por detrás de Pablo y le dijo al oído:
—Maldito hijo de puta desgraciado.
—Me sumo a la expresión —dijo el capitán.
—Yo también —aceptó el médico resignado. Podría estar enamorado, pero su vista seguía siendo perfecta.
Pablo sonrió. Si supieran, pensó.
—Bueno, amigos… creo que escoltaré a las damas. Los dejo, no me busquen, no me llamen, no existo más a partir de ahora —dijo mandándose la parte en broma y riendo.
Avanzó hasta ellas y las esperó en la base de la escalinata junto a Yanela, quien estaba recibiendo a los huéspedes. Podía haber subido y como caballero, haberles ofrecido un brazo a cada una para bajar, pero temía hacer el ridículo si Julia no lo aceptaba, así que se quedó en el molde, esperando.
¿Desde cuándo era tan inseguro? Maldita remilgada.
Su corazón empezó a latir descontrolado al verla bajar como una princesa. Era una visión… concéntrate en Karina, idiota, pensó. Pero no podía, sus ojos solo veían esas interminables piernas bajar la escalera con la maestría de una modelo top.
Fue Karina quién extendió su mano con gracia cuando llegó al último escalón, sonriendo.
—Hola monita, estás preciosa —y le besó la mano poniéndola sobre su brazo para avanzar. Miró a Julia—: Has de cuenta que te recibí de la misma forma, gacela, es lo que me hubiera gustado —dijo suavemente— estás igual de hermosa.
—Gracias, Pablo —contestó sonriendo— puedo caminar sola.
—¿Les gustaría que invite a alguno de los oficiales para que comparta nuestra mesa? Así seremos cuatro.
—Yo ya tengo lo que quiero, amorcito —dijo Karina acariciando su hombro.
—Por mí no te preocupes, prefiero estar sola —contestó Julia.
¿Por qué no me sorprende? Pensó.
—Pablo, un minuto —dijo Yanela y se acercó a él— ¿podría cenar Tanya con ustedes? Creo que se sentirá más cómoda en tu mesa que en la del capitán con tantos homo sapiens babeando como si fuera un trofeo.
—Por supuesto, Yan… —la invitaré.
—Gracias cariño —dijo y continuó con sus actividades.
Por suerte, Tanya se llevó estupendamente bien con las chicas. Era una exótica rubia natural de edad indefinida, quizás cerca de treinta años. Si bien se notaba que tenía un cuerpo privilegiado con tanta gimnasia y baile, no lo resaltaba especialmente. Aunque se la notaba reservada, era divertida y enseguida captó el humor pícaro y ligeramente ácido del contramaestre, y le siguió la corriente.
Se pasaron la noche riendo y burlándose de su forma de hablar el spanglish . En un momento dado las conversaciones se dividieron, y como a Tanya le costaba expresarse muy bien en español, Julia empezó a hablar en inglés con ella.
Pablo la miraba como hipnotizado.
—Amorcito —dijo Karina en su oído— deja de babear.
Si supiera ruborizarse, el contramaestre lo habría hecho. Se sentía miserable por estar con Karina y no poder dejar de mirar a Julia.
—Lo siento, monita… —dijo apenado y la abrazó.
—Mmmm, eres tan transparente para mí —contestó acurrucándose contra él. Se miraron a los ojos.
—Lo sé, por eso ni siquiera intentaré justificarme.
—No necesitas hacer eso conmigo…
—Eres una diosa… ¿sabías? —dijo suspirando.
 —Tú me haces sentir así —se dieron un suave beso en los labios antes de que ella continuara—: Palito, tengo un secreto que contarte.
—Uhhh, me asustas —dijo ladeando una ceja.
Ella rió.
—No es nada turbio, tonto… pero me doy cuenta cuánto deseas tocarla. Y podrás hacerlo… si la invitas a bailar.
De un salto se levantó:
—Chicas, es hora de mover los cuerpitos, ¡vamos a la pista!
Karina rió a carcajadas y se levantó, instando a las otras a que hicieran lo mismo. Tanya, que estaba en su elemento con el baile, fue la siguiente en levantarse, y tomando de la mano a Julia la estiró a la pista sin que pudiera negarse.
Primero bailaron entre los cuatro, sin distinción de parejas, riendo y divirtiéndose. A Julia se la notaba relajada y feliz, Tanya les enseñó unos pasos divertidos y los hicieron descoordinados primero, puliendo el estilo después.
En un momento dado, Pablo estiró a Tanya de la mano y la hizo hacer un paso sencillo y normal de estira y afloje que repitió con Karina. Cuando le llegó el turno a Julia, la miró y el contramaestre se sorprendió ya que ella misma le tendió la mano sonriente para que le hiciera lo mismo.
Karina se encargó de Tanya en ese momento y empezaron a hacer unos complicados pasos juntas para dejarle espacio al disfrute de su amigo.
Que se sintió en la gloria, como en cámara lenta saboreó cada toque de sus dedos, cada pequeño contacto de sus cuerpos. Ella no parecía nerviosa ni esquiva, al contrario, estaba aparentemente feliz y desinhibida.
La tomó de la mano y la hizo girar en su eje acariciándole la pequeña cintura al voltearla, luego la alejó de su cuerpo y volvió a girarla en sus brazos, hasta que quedó de espaldas a él apretada contra su torso. Se suponía que allí tenía que alejarla de nuevo, pero no pudo hacerlo. Saboreó el aroma de su cuello y la apretó contra él moviéndose sensualmente, apoyando la otra mano en su estómago.
No deseaba asustarla, así que continuó bailando con ella de la misma forma, como si fuera lo más normal del mundo, aunque por dentro sentía que estaba a punto de estallar.
Con renuencia, la alejó de su cuerpo y la tomó de ambas manos para girar juntos, hasta que la envolvió de nuevo en sus brazos. Hizo unos pasos graciosos hacia adelante y hacia atrás, los cuales ella acompañó riendo, volvió a repetirlos para no tener que soltarla.
Se sentía tan bien en sus brazos, cabía perfectamente, sus curvas se amoldaban a su cuerpo como si estuvieran hechas para permanecer allí.
El ritmo cambió y la volteó para que quedara de frente a él.
La tomó de los brazos y los deslizó por su torso hasta que quedaron en su cuello, mientras deslizaba las manos por su espalda hasta abarcarle la cintura y apretarla contra él.
Se miraron, Pablo le sonrió con ternura… pero ella no le correspondió.
Parecía asustada. ¡Mierda! Aflojó su abrazo.
Y Julia se retrajo de nuevo, lentamente se apartó de él.
—Cr-creo que… necesito tomar aire —dijo y salió huyendo de la pista.
Pablo se quedó parado con las dos manos en la cintura, suspirando.
—Buen trabajo, amorcito —dijo Karina en su oído.
Él sonrió.
Por lo menos la había tenido en sus brazos.



Karina se sentía mareada… ¿solo mareada? ¡Totalmente borracha!
Estaba a punto de desnudarlo en pleno pasillo del barco.
—Tranquila, monita… ya llegamos —dijo empujándola dentro de la habitación. Karina trastrabilló al entrar y casi se cae al toparse con una maleta en el piso. Lanzó un juramento obsceno y se acercó a la cama a tientas, porque casi no veía nada.
—Shhh, silencio, mañana tenemos que arreglar este desastre —dijo Pablo en voz baja. Se acercó al baño, encendió la luz y entornó la puerta dejando la habitación en penumbra.
Sus ojos todavía no se acostumbraban a la semi-oscuridad, miró hacia la cama de Julia y vio su silueta perfilada bajo la sábana, de espaldas a ellos con la cabeza casi contra la pared, acurrucada. Luego del baile no la habían vuelto a ver en toda la noche.
—Está durmiendo —informó Karina restregándose contra su cuerpo— aprovechemos, Casanova . Desnúdame —ordenó levantando los brazos.
Pablo sonrió y levantó el pequeño vestido, sacándoselo de un tirón por la cabeza. Ella lo ayudó a despojarse de su ropa y en menos de dos minutos estuvieron desnudos besándose al borde de la cama, tocándose con lujuria.
—Estoy excitado como un colegial, mejor nos metemos debajo de las sábanas, monita… no queremos darle un espectáculo si despierta ¿no?
—¿No queremos, estás seguro? Mmmm… —dijo pícaramente subiéndose a la cama de espaldas, exponiendo sus redondos glúteos a la vista de él.
Podía ver sus labios inferiores debajo de las nalgas, como invitándolos a que los saboreara. Era una descarada… meneaba sus caderas en franca insinuación.
Él no tenía la más mínima intención de rechazar esa oferta.
Estiró la sábana, la metió debajo y los tapó a ambos.
Pablo levantó las manos hacia su cara y la besó, dirigiendo su cálida y húmeda lengua hacia el interior de sus labios. La boca de Karina, todo su cuerpo, respondió ante aquella caricia, ya no era consciente de lo que hacía, seguía sus necesidades, apenas se acordaba de cómo le había dicho Pablo que estaba excitado. Presionó las palmas de las manos contra su pecho, y clavó las uñas en su carne cuando uno de aquellos cálidos besos dio paso a muchos más.
Entonces, él bajó la boca hacia su cuello y llevó las manos hacia sus senos. Podían oír una suave música de jazz a lo lejos, pero el sonido que Karina podía distinguir con claridad era el de su propia respiración irregular a medida que Pablo se abría camino desde sus senos hacia abajo, en busca de sus ansiados secretos, se enredaron entre las sábanas y blasfemaron, hasta que de un solo tirón intentaron hacerlas a un lado y una ráfaga de aire fresco impactó contra su coño estremeciéndola.
Él respiraba también con dificultad, los dos estaban ocupados intentando deshacerse apresuradamente de las molestas sábanas. En el intento, Karina se topó con el miembro de Pablo y se sintió más débil aún ante la vista de su verga. ¡Oh, cielos, era tan grande! Tan gruesa y larga como la recordaba. Y dura como una roca... por ella.
Karina la rodeó entera con su mano, haciendo que Pablo soltara un gemido. Miró hacia abajo, a su erección y aquello la hizo sentirse más fuerte, y la manera en la que la sentía entre su mano, seda sobre acero, hacía que sintiera ganas de acercarla hacia su cuerpo, más y más cerca, hacía que necesitara sentirla dentro con más ansia de la que podía comprender.
—Espera —le susurró Pablo y Karina desesperó pensando que recularía teniendo allí a Julia. Pero él solo estiró su mano hacia la mesita de noche y tomó un cuadrado de papel de aluminio.
—Ahhh —dijo ella aliviada. Después, añadió: —Date prisa.
Ella le sujetó su enorme polla hacia arriba y entre ellos, para que él pudiera enfundarse el preservativo.
La siguiente cosa de la que fue consciente fueron sus manos cerrándose sobre su trasero desnudo, ella rodeándole la cintura con una de sus piernas, y él embistiendo con fuerza dentro de su hambrienta entrada.
—¡Oh! —gimió ante el impacto, y sus ojos se encontraron a medida que él empezaba a moverse en su interior.
—Estás tan húmeda —gruñó, y ella le rodeó el cuello con los brazos y se sujetó con fuerza, mientras embestía dentro de ella, y su piel lo recibía.
—Todo el día —admitió entre jadeos mientras la llenaba una y otra vez. —Fóllame, fóllame —le susurró al oído varias veces.
—Estoy follándote, monita —le aseguró él. —Estoy dándote duro.
Se movieron al unísono, con golpes firmes que resonaban en cada centímetro del cuerpo de Karina y ella las recibía, presionando hacia abajo, haciendo que sus movimientos frotaran su clítoris contra él.
—La siento tan bien —jadeó ella. —tan grande dentro de mí.
—Oh, sí —dijo él, con un tono de voz que denotaba una cierta arrogancia que ella sintió que le llegaba al alma. Y entonces, él empujó incluso más profundamente, y ella supo que él quería sentir cada centímetro de su cuerpo, quería que ella supiera con exactitud cómo de grande era.
Una sensación de intenso placer resonó en su espalda y descendió por sus muslos, y la debilidad que sentía amenazaba con dejarla caer al suelo. Pablo la besó con fuerza y sus respiraciones irregulares casi apagan el eco de la música que se filtraba a través del ojo de buey.
—Déjame ver tus tetas —rogó él, y dejó escapar un gemido cuando sus ojos cayeron hacia sus senos, y ella notó que involuntariamente, su cuerpo se arqueaba hacia delante.
—Chúpalos —le dijo.
Otro gruñido salió de su boca cuando se inclinó para tomar uno de los turgentes pezones entre sus labios, tirando con fuerza de él.
—Oh, Dios —murmuró ella. —Oh, sí.
Ella estaba acercándose al límite, más y más, iba a alcanzar el éxtasis.
—Fóllame —le rogó otra vez. —Fóllame.
Él siguió dirigiendo su verga a más profundidad y lamiendo su pecho a medida que ella se movía contra él, y hacía cálidos y cerrados círculos con su cuerpo para obtener más placer aún.
—Oh... —gimió ella, perdida ya en las sensaciones, con los ojos cerrados. Se olvidó completamente de que estaban desnudos dentro de un pequeño camarote, que las sábanas estaban en el piso y una presencia intrusa los estaba observando mientras explotaba en un orgasmo. Gritó cuando la inundó, saliendo directamente de su vulva y extendiéndose hacia los dedos de sus manos y sus pies. —Sí, sí, sí —dijo entre sollozos, hasta que finalmente las olas de placer empezaron a calmarse y una debilidad total se apoderó de su cuerpo.
Karina abrió los ojos y pudo atisbar la mirada curiosa al costado, no dijo nada, y luego vio uno de sus puntiagudos pezones abajo, brillando por la saliva que él había dejado. Hasta que lo miró a los ojos, fue entonces cuando se sintió viviendo una de sus fantasías más atrevidas, más atrevida en realidad de lo que nunca antes había escenificado. Había permitido que alguien la observara sin participar.
—Oh, Santo Cielo —dijo.
—¿Te ha gustado? —le preguntó él, con aquellos ojos pardos y excitantes que todavía estaban llenos de sofocante calor.
—Sí —suspiró ella, con una inclinación de cabeza lenta y agradecida. —Una experiencia diferente.
—¿Diferente en qué, monita? Lo hicimos miles de veces —y todavía mirándose a los ojos, él la agarró con más fuerza del trasero y hundió los dedos ligeramente en su interior. Entonces, con los dientes apretados, comenzó a moverse, una vez, dos veces, una y otra vez, con embestidas lentas pero intensas que llegaron a lo más profundo de su interior. El cuerpo de Karina se sacudía con cada una de aquellas embestidas y sus pechos se mecían de un lado a otro. Por momentos, retiraba la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, pero cuando los abría de nuevo, siempre encontraba la mirada de Pablo y un acto tan íntimo hacía más poderosa cada sensación. Y fue entonces cuando él dijo:
—Dios, Dios, ahora —y cerró sus propios ojos en éxtasis.
Karina observó cómo lo inundaba el clímax, lo transformaba, observó cómo el placer y el dolor se reflejaba en la expresión de su cara, y casi vuelve a alcanzar el éxtasis solo de la pura alegría que sentía por haber hecho que él se sintiera de aquella manera.
Pero en el momento en el que él abrió los ojos y ella fue consciente de que se había acabado el sexo, miró a un costado y preguntó:
—¿Te ha gustado?
Julia gimió avergonzada.
—Oh, ha… ha sido perfecto —contestó en un susurro.
¡Mierda! Pensó Sebastián y se levantó rápidamente, aunque tambaleante. Tomó la sábana y la dejó en la cama antes de ir hasta el baño para deshacerse del preservativo.
Una vez dentro se pasó las manos por la cabeza, nervioso.
¿Desde cuándo estaba mirando? 
¿Y eso que carajo importaba? Los había visto… dudaba que después de eso tuviera alguna posibilidad con Julia. Si eran tan amigas como decían, ella no querría poner en peligro esa amistad.
¿Por qué carajo tenía que ser siempre tan calentón?
Apagó la luz del baño y volvió a la habitación, gruñendo.
Karina lo recibió con los brazos abiertos, como siempre… y Julia estaba de nuevo de espaldas, acurrucada y tapada.
Hasta parecía un sueño… ¿realmente había observado?
Quizás no era lesbiana, sino voyeurista .
Tendría que averiguarlo.

Continuará...

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