Te amo, pero... (Capítulo 01)

martes, 23 de abril de 2013

PRÓLOGO

Asunción, Paraguay (Sudamérica)
Época actual.

Las mujeres hablan más que los hombres, eso está probado científicamente, hablan el triple, para ser exactos. "Alguien" se encargó de sacar las cuentas, pero lo peor de todo no es eso, cuando varias mujeres se reúnen –más aún si son amigas–, son de temer. No se callan nada.
Según el mismo estudio, el simple hecho de hablar hace que el cerebro de las mujeres inunde el organismo con sustancias químicas bastante adictivas, se las compara incluso con la heroína. Los hombres se preguntarán: ¿así que, mientras yo escuchaba como un perfecto caballero, sin recibir ninguna recompensa, ellas tenían una fiesta neuronal? ¿Qué más me perdí? ¿Tienen orgasmos cuando miran un zapato que les gusta en una vidriera? Somos un misterio para ellos, al igual que ellos para nosotras.
Pero… ¿de qué hablan cuando están juntas? La respuesta es simple, de todo: lo injusto que es el gobierno, de lo cara que está la vida, de lo difícil que es encontrar trabajo, de sus hijos, de sus casas, de lo mal que las tratan sus jefes y entre más escuchan más se convencen de lo difícil que es poder alcanzar sus sueños en este mundo cruel y machista.
Las conversaciones entre mujeres pueden ser altamente peligrosas, pero créanlo o no –a pesar de todo–, el tema preferido siguen siendo "los hombres".
Era un sábado a la tarde y allí estaban las cinco amigas, reunidas frente a un capuccino en su cafetería preferida, conversando… ¡Qué raro!
Luana Moure es arquitecta, tiene 44 años y un hijo que acaba de entrar a la universidad. Feminista recalcitrante, es soltera por convicción y vocación, aunque hace poco más de un año su ideología tambaleó cuando conoció a Patricio Dionich, a quien le tomó varios meses y mucho esfuerzo convencerla de que estaban hecho el uno para el otro. Todavía no había logrado llevarla al altar, y sus amigas dudaban que algún día ella quisiera casarse, pero por lo menos aceptó su relación ante todos y actualmente, si bien no viven juntos, están construyendo un condominio para mudarse en casas pareadas, es visible y palpable el amor que se tienen .
Sannie Rotela es la más joven de todas, con 39 años es una hermosa y famosa bailarina y coreógrafa, tiene una conocida academia de baile y un spa exitoso. Es pequeña, esbelta a base de comer solo lechugas y pollo hervido, pero con curvas en los lugares estratégicos. Siempre tiene alguna historia picante que contar, o algún lio en el cual se ha metido, normalmente sin querer, a veces incluso inventado por la prensa amarillista. Es divorciada y tiene un hijo que fue compañero de colegio del hijo de Luana, así fue como se conocieron.
Susana Ortúzar, madre abnegada, tiene 41 años y tres hijos, tuvo un divorcio tremendamente polémico unos años atrás, cuando descubrió que su marido tenía un romance con una de sus mejores amigas –con ese tipo de amigas… ¿para qué quiere enemigas?–, esposa del amigo de su marido. De hecho, ambas parejas hacían todo juntos hasta que salió a la luz el escándalo. Trabaja medio día en la ganadera familiar y a la tarde se dedica a organizar eventos por cuenta propia.
Lisette Careaga es la mayor de todas con 45 años, madre de tres hijos varones y divorciada hace más de diez años. Tiene un novio que no la deja sola ni a sol ni a sombra. No trabaja, y ese es un gran misterio para todas, porque siempre está vestida como una reina. Conoce a medio mundo y la otra mitad, si necesitas saber la vida, obra y milagros de alguien, ella parece una enciclopedia social ambulante. Es alta, exuberante e interesante, con una lengua tan mordaz que a veces deja descolocado hasta al más intrépido de los varones.
Kiara Safuán fue compañera de colegio de Luana, casi un año menor que ella. Es uruguaya, pero vive en Paraguay desde los quince años. Es también divorciada de un famoso abogado-juez y tiene un hijo estudiando en el extranjero. Es una morena atractiva, delgada y alta. Un poco tímida a veces y bastante callada, pero muy apasionada. Trabaja en una binacional como asistente del director hasta las tres de la tarde, luego tiene libre para hacer lo que se le antoje.
—¿Qué tal va tu relación con Patricio, Luana? —preguntó Lisette, que era la que menos podía reunirse con ellas por lo absorbente que era su novio.
—Maravillosamente bien, como siempre… pero ya me conoces, soy un desastre como pareja. Te juro que no entiendo cómo me soporta.
—¿Por qué? ¿Qué hiciste ahora? —preguntó Kiara.
—Patricio tiene que visitar varias ciudades de Japón durante 15 o 20 días para firmar contratos de unas representaciones que consiguió y como desde que estamos juntos nunca nos separamos más de dos o tres días, me dijo: «Me acompañarás». No fue un pedido, ni una pregunta, lo sentí como una imposición. Él sabe que no puedo, estoy con la venta del edificio, terminando el condominio y empezando unos dúplexs, tengo plazos que cumplir. Discutimos, y bueno, como se imaginan, lo mandé al carajo y me fui de su casa dando un portazo.
—¡Qué idiota eres! —gritó Sannie— Si alguien me invitara a ir a Japón dejo todo y me subo al avión antes que termine la frase.
—No creas que no tengo ganas, Sannie —contestó Luana—. De hecho, cuando llegué a casa y me puse a pensar, me arrepentí y llamé a Fabiana, mi ex compañera de facultad, que es prácticamente mi clon y fuimos socias en varios emprendimientos. Le pregunté si podía hacerse cargo de las obras mientras yo estoy de viaje. Accedió gustosa, después nos quedamos hablando hasta casi medianoche, cuando colgué ya era tarde y no quise llamar a Patricio, dejé la primicia para el día siguiente, pero el idiota me sorprendió de nuevo… siempre me descoloca.
—¿Qué hizo mi amigo divino? —preguntó Susana, que fue la casamentera que los presentó y era la que más lo conocía porque jugaban voleibol mixto en el club social exclusivo del que todas, menos Sannie, eran socias.
—Yo ya estaba durmiendo, cuando siento que alguien se mete en mi cama. Obviamente tiene la llave de mi departamento, al instante lo reconocí por el olor, adoro su aroma —dijo suspirando, una le tiró una servilleta estrujada, la otra una colilla de cigarrillo, y cualquier cosa que encontraron en la mesa. Riendo y eludiendo los tiros con el brazo, siguió su relato—: ¡No sean envidiosas! Bueno, cuando me abrazó por detrás me hice la dura, no puedo con mi genio. Le pregunté medio altanera: «¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en tu cama?».
Las cuatro la miraban expectantes, esperando escuchar el final.
Luana dio una pitada a su cigarrillo para hacerlas sufrir un poco y con una sonrisa pícara continuó:
—Es un dulce de leche —y suspiró—, me contestó: «Hay algo que tienes que meterte en esa cabezota tan dura que tienes. No importa si peleamos, ocurrirá con frecuencia, pero debes saber que mi cama está donde estás tú, mi amor».
Algunas suspiraron, otras elogiaron a Patricio por su dulzura, hubieron exclamaciones de todo tipo: «Dios mío, que divino», o «si a mí un hombre me dice eso, me derrito», o «encontraste un tesoro, nena».
Luana sonrió feliz.
—Estás enamorada como una idiota… ¿no? —preguntó Lisette— Jamás me imaginé que vería llegar este día.
—Y yo jamás imaginé que volvería a sentirme así… a la vejez viruela. Pero… ¿y ustedes? ¿Conocieron a alguien?
—Yo no, nada que contar —dijo Susana.
—Lo mío sigue igual… siempre con Alfredo —contó Lisette—, ojalá fuera solo una décima parte de dulce como es el tuyo.
—No te quejes —dijo Sannie—, ya desearía yo tener un novio que me comprara lo que se me antoja y me mantuviera como una reina. Tienes una joya y no te das cuenta.
—Bueno, querida… a veces hay que pagar un precio muy alto por eso —contestó Lisette. Todas nos miramos sin entender, pero cambió de tema al instante— ¿Y tú, Sannie? ¿Alguna locura que contar?
—Toque y huida, por aquí y por allá, nada que contar. Todos menores y hermosos como a mí me gustan —contestó riendo, era conocida por sus gustos particulares de hombres: jóvenes, musculosos y si eran rubios, mejor— ¿Y tú, Kiara? ¿Qué hay de nuevo?
—Mmmm, nada. Ya estoy cansada de esperar que ese idiota se decida.
—¿Se decida a qué? —preguntó Susana.
—¡A tocarme! —respondió casi gritando— Estoy frustrada y ya no soporto más. Te juro que no puedo aguantar un día más sin que ocurra algo. Estuve pensando seriamente en no volver a aceptar ni una sola invitación a salir de su parte.
—Es tan raro —dijo Luana pensativa—. ¿Hace cuánto que se conocen?
—Ufff, hace como seis meses. Lo conocí en la casa de Patricio, justamente. Él me lo presentó, y prácticamente no dejamos de salir juntos un solo fin de semana desde ese día. Y es tremendamente frustrante, porque me gusta… ¿qué digo? Mierda… estoy loca por él. No sé ni por qué, pero cada vez que lo tengo al lado solo quiero tirarme encima y violarlo.
—Se ve taaaaan serio —dijo Susana.
—No solo se ve, "es" serio. Nunca lo vi reírse, y pocas veces sonríe. Pero lo pasamos muy bien juntos, es muy buen conversador, algo que yo no soy. Viajó mucho y cada día tiene algo nuevo que contarme. Yo lo escucho embobada, y espero que nunca se entere, pero cuando me habla lo único que quiero es meter mi lengua en esa boca que se ve tan deliciosa.
—La verdad es que está muuuy bien —aseguró Lisette.
Todas asentimos, porque en verdad Gabriel Astabrugada –el amigo no chapable ni palpable de Kiara– era un hombre muy apuesto.
—¿Y qué esperas para dar el primer paso? Ya no estamos en la época victoriana, Kiara —dijo Sannie.
—Ayyy, no… yo no puedo hacer eso. No es mi estilo…
—La "princesa" Kiara esperando a su príncipe azul —dijo Luana sonriendo—. ¿Y qué piensas hacer al respecto si no vas a tomar la iniciativa?
—Ya no quiero salir con él. Lo iré alejando de a poco, o quizás llevándolo hacia la zona "amistosa" para siempre. Pero creo que por un tiempo ya no aceptaré sus invitaciones. Llego a mi casa frustrada y con ganas de abalanzarme sobre cualquiera. Lo peor de todo es que nadie me invita a salir porque siempre me ven con él.
—Bueno, querida, tampoco abundan los hombres a nuestra edad, la mayoría de los "solteros recuperados" de nuestra generación están pasando por la famosa pitopausia —dijo Susana—. Padecen de un ataque de inseguridad tal que les da por comprarse el último modelo de convertible, ir detrás de las jovencitas, tratar de ponerse estupendos, flirtear con todo bicho viviente, y joder a cuanta falda se le cruce.
—Eso es cierto, y los demás, si no están casados o en pareja, son gays —aseguró Lisette.
—Solo espero que él, siendo tan serio como es —dijo Sannie—, no se sorprenda y te sorprenda cuando algún día se atreva a aventurarse a tu cama.
—Ufff, lo voy a hacer papilla —respondió Kiara riendo a carcajadas—. Soy una mentirosa, en realidad ya dormimos juntos varias veces.
Las cuatro la miraron con las bocas abiertas.
—¡¿Quéeee?! —gritó Luana— ¡No nos contaste!
—Ahora les estoy contando…

Continuará...

1 comentarios:

Andrea dijo...

Me dejaste intrigada. Un comienzo bastante interesante. Saludos!!!

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