Dibújame (Santuario de colores #1) Capi 04

lunes, 28 de abril de 2014

Me quedé muda.
Mis ojos lo recorrieron lentamente desde su pie hasta el rostro y de vuelta hasta la mitad de su cuerpo, deleitándome con su masculinidad en reposo, que aun así tenía un tamaño peligrosamente… grande.
No podía dejar de acompañar con la mirada el movimiento de sus manos que oscilaban desde el brazo hasta su torso, aplicándose indiferente el gel protector.
No parecía darse cuenta del efecto que tenía en mí.
¿O sí?
—¿Geraldine? —preguntó con aparente inocencia— ¿Te pasa algo?
Recién ahí pude mirarlo a los ojos.
—Eres… asquerosamente… her-mo-so —balbuceé como una idiota.
Phil ladeó su boca en una sonrisa, aparentemente muy complacido por mis palabras.
—Vas a hacer que me sonroje, y eso no es algo a lo que estoy acostumbrado —se sentó en la reposera y continuó la aplicación por sus piernas—. Los hombres no somos hermosos… ¡Por Dios! —se quejó.
¡Mierda, qué calor! Tomé una revista de la mesita frente a mí y me abaniqué.
Phil rio sin emitir sonido, mirándome por el rabillo del ojo.
—Me alegro que no estés circuncidado —dije lo primero que se me ocurrió.
Y sigue sin haber separación entre lo que pienso y lo que sale de mi boca.
Por suerte, Phil hizo caso omiso de mi comentario y cambió de tema:
—Cuéntame cómo serán tus cuadros.
—¿Qué quieres saber?
—Tu técnica, lo que quieres lograr, la esencia de tu arte… todo lo que desees compartir conmigo.
—En general no tengo una técnica definida, más bien es mixta. Mezclo óleo con acuarela y a veces hasta acrílico. Incluso en algunos lienzos llegué a darle forma a los dibujos con crayones, grafitos o lápices de colores. Siempre empiezo y termino una serie de entre 10 a 15 cuadros, y nunca más vuelvo a hacer nada similar. En una de ellas, inclusive usé texturas de encaje que pinté con aerógrafo. Si siento que debo tomar un pedazo de cartón y pegarlo sobre el lienzo, lo hago. Todo vale para mí, lo único importante es trasmitir lo que siento.
En ese momento Phil se acostó en la reposera, no me miraba, supuse que para evitar que su cuerpo reaccionara, cambió la botella y empezó a aplicarse el aceite acelerador en la zona donde debía broncearse. Su pene dio un ligero brinco en ese momento.
Tragué saliva.
 —Sigue contándome —me pidió amablemente, ajeno totalmente a mi… ¿calentura?
—Eh… sí. Bueno, esta vez… —pensé en que me moría de ganas de tocarlo— voy a usar —y levanté los brazos, estirándome en el sillón, como si estuviera desperezándome—. Voy a usar la técnica de…
Y sonó el teléfono.
¡Oh, un respiro!
Corrí hasta la sala y tomé el inalámbrico.
Normalmente dejaba que sonara y que saltara el contestador, pero necesitaba una excusa para alejarme de él en ese momento.
Tenía calor, mucho calor.
—Hola, Susy.
—Tienes tu celular apagado —dijo con tono de enojada.
—Eh… no me di cuenta. Me habré quedado sin batería.
—Menos mal que estás en tu casa. Tengo algo que contarte.
Susan era una de mis mejores amigas, además de trabajar para mí, así que me preparé a escuchar una de sus múltiples historias de decepciones amorosas. Me apoyé en el respaldo del sofá y miré hacia afuera.
¡Craso error! Volvió mi taquicardia.
Me concentré en mi amiga, que ya había empezado a hablar y no pude entender absolutamente nada de lo que dijo.
—…y tienes que ir acompañada, ni se te ocurra ir sola.
—Disculpa, no escuché la primera parte.
—¡Esta noche, Geral! Me enteré que Jesús estará en la recepción a la que estamos invitadas.
—¿Jesús? ¿Cuál Jesús?
—Tu Jesús, idiota —casi se me para el corazón. ¿Qué hacía Jesús en L.A.?
—Todavía no miré las invitaciones que tenemos para esta noche… ¿me iluminas? —y fui hasta el acceso a revisar los sobres.
—¿Runway Magazine te dice algo?
—¡Mierda! No puedo faltar a esa fiesta… —caminé de nuevo hasta la sala con la invitación en la mano— gracias por hacerme acordar.
—Ya lo sé… ¿qué harás al respecto? Según tengo entendido, él irá con la rubia platinada.
Miré hacia la terraza.
—Creo que puedo hacer algo para solucionarlo —dije curvando mis labios en una sonrisa traviesa—. Por cierto, Susy… avísale a Tom que no se preocupe en buscarme otro modelo. Ya lo encontré. Nos vemos esta noche.
Nos despedimos y colgué sin dar más explicaciones.
Susy me odiaba por eso, siempre le hacía lo mismo. Ella quería hablar y yo quería colgar.
Pobre amiga mía.
Me dirigí de nuevo hasta mi sudamericano y me senté en el sillón de la galería, aunque evité mirar ciertas zonas de su cuerpo.
—¿Tienes un esmoquin, Phil? —pregunté de repente.
Volteó su cabeza y me miró somnoliento, al parecer se había quedado dormido.
—Sí, Geraldine… viajo con un esmoquin, son altamente útiles para toda ocasión —dijo burlándose de mí.
—No te pases de listo —contesté sonriendo. Miré mi reloj—, en cuarenta minutos termina tu sesión de sol por hoy, nos vamos de compras. Quiero que me acompañes a una fiesta esta noche.

*****
Lo sé, no le di ninguna ocasión de elegir. Pobre sudamericano, no tiene ninguna posibilidad contra mi cabezonería.
El hombre protestó, se quejó, hizo pucheros, se paseó desnudo por mi terraza maldiciendo mientras yo lo miraba embobada, y aquí lo tengo, metido en mi Lamborghini Reventón, rumbo a comprarle un esmoquin para esta noche.
—No te enojes conmigo —le dije con dulzura fingida—. Te necesito.
—¿Es que no tienes a nadie más a quién invitar?
—Nadie nuevo… —acepté, era verdad.
—¿Así que soy una mercancía de estreno para ti? —y miró a su alrededor— Este auto es fascinante —dijo cambiando de tema, como si recién descubriera dónde estaba metido.
—Te dejaré conducirlo si me haces este favor.
Se iluminó su cara. ¡Qué fáciles son los hombres!
—Trato hecho —aceptó con una sonrisa—, pero no tienes que comprarme un esmoquin, Geraldine. Es un gasto innecesario, podemos rentar uno.
—Puedo permitírmelo, además… ¡no voy a ir del brazo de un hombre que tiene puesto un esmoquin alquilado, Phil! ¿Es que te volviste loco?
—¿Y cuál es la diferencia?
Puse los ojos en blanco.
—La diferencia es la calidad, y además… ¡yo lo sabré!, punto y aparte —giré en una bocacalle—. Hay una multitienda cerca con un local de Hugo Boss, no tendremos que ir hasta L.A.
Estacionamos y nos bajamos. Lo tomé del brazo y lo estiré directamente hasta la exclusiva sastrería.
Dejé a Phil en manos de unos de los vendedores mientras me sentaba a esperar que eligieran algunas opciones. Conecté mi iPhone a un cargador portátil y esperé a que se encendiera.
Encontré llamadas perdidas de Susy y un mensaje de Thomas:
     «¿Cómo es eso que ya encontraste modelo?»
Le contesté:
     «Busqué en desesperada.com ;-)»
No recibí su respuesta inmediata, así que le mandé un mensaje a Susy:
     «Ya tengo acompañante, un avión de estreno… nop, ¡un Jet! ¡Un Concord!»
Me contestó al instante:
    «¿Cómo mierda haces? Dame tu receta»
Le contesté lo mismo que a Thomas:
     «Lo saqué de desesperada.com ;-)»
En ese momento se acercaron a mí el vendedor y Phil con tres esmóquines negros diferentes.
—Me gusta este, pruébatelo —dije tocando la tela del traje—. ¡Ah!, señor… —miré el nombre del vendedor en su solapa— Macías… lo quiero con los accesorios azules, por favor. También un par de zapatos y medias negras.
Y seguí mi amorío con el iPhone hasta que vi en el piso frente a mí unos impecables zapatos negros de cuero con charol. Levanté la vista y me quedé sin respiración al mirarlo.
—P-P-Phil —tartamudeé.
Él se alejó un poco, dio suavemente una vuelta completa sobre sí mismo y se quedó parado frente a mí con pose de modelo de revista tocando las solapas de raso del esmoquin.
—¿Te gusta? —preguntó sonriendo.
Me levanté de un salto y me puse a su lado, los dos quedamos frente al espejo, observé el resultado.
—Me veo patética ahora, pero imagíname con un deslumbrante vestido azul como los accesorios que llevas, y —me levanté en puntillas, porque en ojotas solo le llegaba a la barbilla— con tacones altos. Guau, seremos la envidia de la noche.
—¿Y eso es importante para ti? —preguntó mirándome a los ojos.
—Por supuesto, Geraldine Vin Holden siempre llama la atención. Y tú, mi amigo… estás despampanante. Creo que si no estuviéramos en público te comería pedacito por pe-da-ci-to.
Phil giró y me volteó hacia él.
—¿Siempre eres tan descarada?
—Yo lo llamo sinceridad —dije sin inmutarme.
Él tomó mi cara entre sus manos y la levantó.
Va a besarme… ¡mierda, sí! Y me preparé para el primer encuentro de nuestros labios, el primero de muchos, esperaba. Mi corazón latía desenfrenado.
Bajó la cabeza y acercó sus labios, muy suavemente.
Y me besó… en la frente.
—Gracias por el regalo, Geraldine —me soltó, y fue a cambiarse.
Me quedé parada en el mismo lugar. No podía creer lo que había sucedido. Nunca… jamás ningún hombre me había besado en la frente. ¿Qué rayos creía que era yo? ¿Una niñita de diez años, acaso?
Y así me sentía, porque ese beso aún me quemaba.
Me llevé la mano a la sien y suspiré.
En ese momento se acercó el vendedor y le pasé mi tarjeta American Express Platinum para que me cobrase.
Cuando salimos de la tienda ya me había recobrado de la desilusión, así que cumplí mi promesa. Le tiré las llaves del Lamborghini para que lo condujera. Realmente fue un placer verlo al volante. Parecía un niño con juguete nuevo. No recuerdo que yo hubiera disfrutado tanto alguna vez de mi auto como él.
Y conducía muy bien.
—Puedes tomar la avenida de la costa y dar un paseo si quieres, Phil. Así podrás acelerar un poco más.
Asintió feliz y tomó el rumbo que le indiqué.
Antes de que aumentara la velocidad se me ocurrió subir la capota.
Y Phil gritó feliz cuando lo hice.
Yo reí a carcajadas y lo imité.
Cuando llegamos hasta el frente de mi casa, media hora después de dejar el centro comercial, lo detuve antes de entrar al garaje.
—Llévate el auto, Phil… y ven a buscarme a las 21:00 hs.
Me miró desconcertado.
—Jugaremos a que esta es una cita… ¿quieres? —le dije guiñándole un ojo.
Y me bajé.
Contoneé las caderas hasta llegar a la puerta, estaba segura que a pesar de solo llevar un simple pantaloncito corto y ojotas, me miraba embobado.

*****
Apenas llegué me metí al jacuzzi durante media hora, me relajé, lavé mi pelo y cuando sentí que empezaba a arrugarme, salí disparada.
Me sequé el cabello, y luego de pasarme la planchita, como siempre… quedó impecable. Parecía de peluquería.
Como soy artista, maquillarme es un juego divertido para mí, por lo tanto delineé mis ojos para hacerlos más rasgados aún, me apliqué una suave sombra dorada, me puse un poco de rímel, rubor para mis pómulos y brillo de labios dorado. Todo muy natural, haciendo resaltar mis ojos.
Metí el brillo, el rubor y el delineador en mi carterita negra, así como mi iPhone, mi carnet de conducir, un poco de efectivo y una de mis tarjetas de crédito.
Estaba en braguitas, solo me faltaba ponerme el vestido y los zapatos.
Recorrí mi vestidor buscando la prenda perfecta, una de color azul que adoraba y que solo había usado en una ocasión en un viaje a Nueva York. Era muy similar al que usó Kate Hudson en la película How to lose a guy in 10 days, aunque de otro color, por supuesto.
En ese momento, sonó el timbre.
A pesar de que él llegó puntual, le abrí la puerta con el portero eléctrico y lo hice esperar quince minutos antes de bajar.
Lo encontré apoyado en el respaldo del sofá frente a la escalera ensimismado en su celular, escribiendo sin parar. Supuse que estaba conversando con alguien por Whatsapp.
Me quedé en el rellano mirándolo embobada, estaba impecable, pero con un estilo desenfadado. Se había afeitado, pero su bronceado y su cabello indomable lo hacían lucir… peligroso. Carraspeé para que notara mi presencia.
Levantó la vista, y esta vez fue él el sorprendido.
Se quedó con la boca abierta mirándome mientras bajaba los siguientes escalones. Cuando se percató de su falta de caballerosidad, corrió hasta el inicio de la escalera y me tendió su mano.
—Estás bellísima, Geraldine —dijo depositando un beso en mis manos.
—Tú también, Phil —y sonreí—, te dije que haríamos una pareja espectacular.
—¿La bella y la bestia?
—No me tientes, porque en ese caso competiríamos por quién sería la bestia.
Ambos reíamos todavía cuando llegamos al auto.
Phil me abrió la puerta del acompañante y me ayudó a ajustarme el cinturón de seguridad. Sentí su aroma, era delicioso.
Cuando tomó asiento en el lado del conductor le pregunté:
—¿Qué perfume llevas?
—No tengo idea. Me regalaron una muestra gratis en la tienda hoy, debe ser Hugo Boss, me imagino.
—Delicioso.
—El tuyo también lo es —y nos miramos fijamente, hasta que él reaccionó—. ¿Dónde vamos, Geraldine?
—A Runway Magazine, llega hasta Sunset Boulevard en Beverly Hills y yo te indicaré.
Él asintió y encendió el motor.
Yo puse música suave. Estuvimos un largo rato en silencio.
—¿No crees que debería saber algo de ti antes de llegar, Phil?
—Pensé que tu prioridad era verme desnudo —dijo riendo— ¿Qué te gustaría saber?
—Tu apellido, por ejemplo —contesté sonriendo.
—Girardon —contestó sin vacilar.
—¿Francés? —pregunté.
—Sí, mis abuelos eran franceses.
—¿Y tú… de dónde eres?
—Ni siquiera sabrás donde queda —respondió sonriendo—. Cada vez que me preguntan de dónde soy aquí, solo veo un gran signo de interrogación sobre las cabezas de los curiosos.
—¿Tan inculto somos?
—No sé si llamarlos incultos, creo que simplemente no les interesa mucho el resto del mundo a menos que puedan sacar provecho. Pero está en Sudamérica. Adivina —me retó—, demuéstrame tu cultura.
Y traté de recordar los países que había leído en Wikipedia… ¡mierda!
—¿Argentina? —fue lo primero que recordé.
—Muy caliente… previsible —me respondió— pero no.
—Mmmm, del Brasil no eres porque te oí hablar en español con tu jefe —¿qué países eran limítrofes con Argentina para que sea "muy caliente" la opción?
—Jamás lo adivinarás —rio.
En ese momento recordé lo que había leído: "bebida de amplio consumo en…"
—¡Paraguay! —solté.
Phil me miró como si me hubieran salido dos cuernos.
—¿Cómo lo hiciste?
—Mmmm, soy culta —respondí pícara mientras bajaba visor del vehículo y me retocaba el brillo de los labios.
—Bien, mi culta Geraldine, cuéntame... ¿qué papel quieres que haga esta noche?
—¿A ti también te gusta jugar? —le pregunté asombrada.
—¿Jugar? No entiendo…
—Olvídalo —y volteé la vista, mirando la costa—. No tienes que fingir nada, Phil… solo eres mi acompañante.
Y al parecer, el captó lo que antes quise decirle.
—Puedo jugar, Geral… ¿quién quieres que sea esta noche?
—Es la primera vez que me llamas así —dije mirándolo. ¡Oh, Dios! Tenía un perfil maravilloso. Y esa sonrisa ladeada era… alucinante.
—Me gusta más tu nombre completo, es precioso —y puso una de sus manos sobre mi muslo, casi se me fue la respiración, estaba caliente… y me abarcaba casi completamente. Sentí fuego en mis venas—. Contéstame… ¿quién quieres que sea? ¿Un amigo cariñoso? ¿Un pretendiente perdidamente enamorado? ¿Tu novio? ¿Tu prometido? ¿Tu esposo? Cualquiera de las opciones será buena para mí, siempre que pueda tocarte a mi antojo.
—Nadie creerá que eres mi esposo —dije riendo—. Y todos saben que no estoy comprometida ni tengo novio, así que cualquiera de las otras dos opciones me gustará.
—¿Y vas a devolver mis atenciones?
—Dobla aquí, Phil y luego a la derecha —dije antes de contestar—: Devolveré lo recibido con creces… cariño.

*****
Cuando llegamos y Phil le dio la llave del vehículo al aparca-coches, me abrió la puerta y me bajé como toda una diva. Primero una pierna, luego la otra. Al instante empezaron los flashes, fotos aquí, fotos allá, preguntas respondidas, otras sin contestar. Los periodistas querían saber el nombre de mi acompañante, nosotros solo sonreíamos. No podía prestarle mucha atención a mi sudamericano, pero me di cuenta que en un comienzo se sorprendió, aunque enseguida se adaptó maravillosamente.
En ningún momento soltó mi cintura y en la mayoría de las fotos salimos mirándonos a la cara como dos idiotas enamorados. La alfombra de acceso al salón no tenía más de diez metros de largo, pero como si fueran cien… tardamos casi media hora en poder entrar.
—¡Dios mío, Geraldine! Esto parece la entrega de los premios Oscar… —dijo Phil en mi oído cuando ingresamos al salón—. ¿Eres tan popular?
—No soy popular, sino famosa. En realidad es una mezcla de muchas cosas, fama, fortuna, conexiones… —suspiré y lo miré— a veces es duro ser quien soy.
Phil subió una mano y acarició mi mejilla con el pulgar, sentí como si cientos de hormiguitas caminaran por donde él me tocaba y bajaran por mi cuello, de repente el mundo entero se esfumó y solo éramos él y yo en la entrada del salón, sentí que su otra mano se entrelazaba con la mía. No podía dejar de mirarlo, esos ojazos verdes me hipnotizaron. Suspiré, y no sé si alguien me empujó al pasar, o yo misma decidí pegarme a él, pero ahí estábamos, mirándonos a los ojos, embelesados…
—¡¡¡Geral, estás preciosa!!!
Thomas nos sacó de golpe de la burbuja sensual en la que nos encontrábamos, Phil carraspeó llevándose a la boca la mano que tenía en mi mejilla, pero no me soltó la otra. Yo cerré los ojos unos segundos para recuperarme y suspiré.
—Hola Tom —lo saludé con dos besos al aire, como era la costumbre—, gracias. Tú estás fabuloso también. Te presento a Phil Girardon —y miré a mi sudamericano—. Phil, él es Thomas Schmidt, mi fabuloso y lindo asistente.
En un segundo, Thomas lo miró de arriba abajo, y también se fijó en nuestras manos entrelazadas, sonriendo pícaramente. Se saludaron con un apretón de manos.
—Pero cuéntame, Geral… ¿cómo mierda hiciste para conseguir un reemplazo del modelo tan rápido? Y sobre todo… ¡¿Quién coño es?!
Sentí que Phil apretaba mi mano, entendí su mensaje, le sonreí y le guiñé un ojo.
—Ay, cariño… ya debes saber que yo siempre tengo un as en mi manga —dije sonriendo traviesa—. No lo conoces, y lo único que puedo decirte es: está mil veces mejor que el que se rompió la pierna.
—No sé por qué me haces sufrir si igual lo conoceré el lunes… ¡maldita!
—Quizás esta vez lo conserve solo para mí, capullito.
—¡¿Quéeee?!
En ese momento llegó Susan y nos interrumpió.
—Hola chicos —se acercó a mi oído y me susurró—: ya llegó, está al fondo del salón. Con la platinada.
Asentí con la cabeza, sonriendo. Y me sorprendió el hecho de que no me importara. Jesús Fontaine era el vice-presidente de Petrolera Vin Holden, además de la mano derecha y asesor de mi padre y durante dos años tuvimos una relación. Fue la más larga de mi vida, quizás debido a que no vivíamos en el mismo estado, y cada vez que nos encontrábamos, dos o tres veces por mes era solo una explosión pasional.
Aclaro, no me molestaba encontrarlo, pero sí me importaba todo lo que había vivido con él. Era otra de las grandes cuentas pendientes que tenía en mi vida, empezando por mi padre.
Realmente no sabía a cuál de los dos odiaba más.
Hice las presentaciones correspondientes y avanzamos entre los cuatro hacia nuestra mesa, la cual Thomas ya había identificado. En ella estaba sentada una pareja amiga, además del novio de mi lindo asistente y el amigo con derecho a roce de Susan.
Nos saludamos y les presenté a mi acompañante. Nos sentamos.
Phil estiró mi silla y la pegó a la suya, pegué un gritito porque no me lo esperaba.
—¿Así que soy tu segunda opción? —preguntó mi sudamericano al oído pasando la mano por el respaldo de mi silla.
Sonreí porque eso sí lo veía venir.
—¿No oíste lo que dije después? —le susurré— Phil, no eres mi segunda opción… eres la última opción de una larga lista. Pero de todas formas… el elegido, amorcito —dije mimosa.
—¿Alguna vez te dijeron que tú les haces sentir a los hombres como objetos? —no había reproche en su tono, solo curiosidad.
—¿No es eso lo que todos hacen? Es una simple conjugación de verbos: yo uso, tú usas, él usa, ella usa… es un intercambio justo, creo.
Sentí compasión en su mirada, y eso no me gustó. Normalmente no me importaría; lo que la gente opinara de mí me tenía sin cuidado. Pero Phil, a pesar de ser un simple piletero de alguna perdida ciudad que nadie recordaba, tenía una seguridad y una confianza en sí mismo que imponían respeto.
La verdad es que me intrigaba, era muy culto y refinado para ser un pobre trabajador temporal. Quizás como muchos que venían por el sueño americano, sufrió algún revés económico en su país y enviaba plata desde aquí para que su familia pudiera sobrevivir. Era una posibilidad.
—Eres muy cínica para ser tan joven —dijo Phil sacándome de mi ensoñación.
—Y tú eres demasiado idealista para ser tan viejo, cariño.
—Solo tengo 33 años, Geraldine —¡por fin! Otra información.
—Por eso, los ideales mueren una década antes, como mínimo.
—Contigo no hay forma de poder ganar, ¿no?
—Todavía estamos compitiendo, y me dejaré ganar esta noche, sudamericano —contesté apoyando mi mano sobre su muslo y metiendo los dedos entre sus dos piernas, muy cerca de la fuente de mi deseo. Nadie podía ver, el mantel de la mesa no lo permitía—. Estoy deseando jugar en serio contigo —le susurré al oído.
Él volteó la cara y me miró con los ojos entornados llenos de lujuria, acariciando suavemente mi brazo y hombro con la mano que tenía apoyada en el respaldo de mi silla. Yo le devolví la mirada, desafiante, con una media sonrisa sensual y presioné ligeramente su muslo. Sentí la reacción de su cuerpo y eso me puso más eufórica.
—¿Qué es lo que ustedes están cuchicheando? —preguntó Susan rompiendo el hechizo.
No saqué mi mano, él tampoco dejó de acariciar mi brazo. Sin embargo, bajó su otra mano de la mesa y la posó encima de la mía, supongo que para dar la impresión que estábamos tomados de la mano, y no de que yo tenía la mía peligrosamente cerca de su entrepierna.
—Hablábamos del tiempo… —contesté tomando un poco de vino.
—¿Del tiempo que falta para que puedan hacer cochinadas? —preguntó Thomas pícaramente—. Chicos, dejen de toquetearse… esto es una mesa —y dio tres golpes en ella—, no un somier.
Todos reímos a carcajadas, menos Phil. Solo sonrió mientras evitaba que el mesero le sirviera vino, lo miré de soslayo y vi que tenía la mandíbula apretada y una vena en su cuello palpitaba de forma inusual.
¡Oh, mierda! Qué ganas tenía de morder ese cuello.
Y bebí de nuevo de la copa que el mesero acababa de llenar, consciente –pero sin importarme– de que mi cultura alcohólica dejaba mucho que desear, más aún cuando bebía con el estómago vacío. Pero estaba inquieta, solo quería levantarme, estirar a Phil del moño de su esmoquin y llevármelo a un lugar oscuro e íntimo para probar las delicias de su cuerpo.
Saber que eso tendría que esperar no ayudaba a mi ansiedad.
La música suave cesó en ese momento y la presentación del nuevo formato de la revista Runway comenzó. Como todo espectáculo digno de Hollywood, fue glamoroso, sofisticado y elegante.
Cuando tuve que aplaudir, recién saqué mi mano de entre sus piernas.
Él suspiró, como si todo ese tiempo hubiera estado conteniendo la respiración.
Inmediatamente después de terminar la presentación un batallón de meseros entró al salón sirviendo la cena, la entrada era bruschetta serrana, una mezcla de jamón crudo, cebollas caramelizadas y queso crema. Estaba delicioso, a pesar de que la comida agridulce no era mi preferida.
El vino era ligero, pero estructurado, un Pinot Noir que no reconocí la marca porque cada vez que me lo servían estaba cubierto con una servilleta. Pero lo mejor de todo era el apricot de almendras que cada tanto me ponían enfrente, al parecer Di Saronno era uno de los auspiciantes del evento, porque así como el amaretto se acababa, volvían a reponerlo.
Phil se negó a que le sirvieran, pero le di un codazo y aceptó, me tomé el de él también, mi sudamericano se quejó de que estuviera bebiendo tanto, y sobre todo mezclando. Pero… ¿qué importancia tenía? Si él era el que tenía el control del vehículo esa noche.
Phil se acabó completamente el plato principal, que consistía en Goulash de ternera al vino con papas al limón. A la mitad del mío yo ya no podía probar bocado. Mi sudamericano se quejó en mi oído de que las comidas elegantes lo dejaban con hambre. Disimuladamente intercambiamos los platos riendo y también acabó con mi ración.
La conversación era amena y divertida, plagada de dobles sentidos. Susan no dejaba de hacerse arrumacos con su amigovio y yo tocaba a Phil siempre que podía, él tampoco se reprimía. Thomas me miraba extrañado, porque normalmente yo no era tan demostrativa en público, pero esta vez tenía un objetivo y el juego había empezado en el viaje de ida desde Malibú.
El postre era elegante y exquisito, un Moelleux de chocolate y frambuesa que era para chuparse los dedos, pero lo mejor fue la forma de degustarlo, yo le daba a Phil con la cucharita directo en su boca y él me lo daba a mí. La verdad, parecíamos dos idiotas enamorados.
A esa altura de la noche yo ya estaba un poco mareada, por eso ni me sorprendió ni me importó cuando escuché una voz en mi espalda:
—Hola, Geral.
Aunque casi le meto la cucharita a Phil por la nariz.
Volteé.
—¡Hola, Jesús! Tanto tiempo sin verte… —dije con gracia.
Él saludó al resto de los comensales, a quienes conocía y se detuvo en Phil, esperando que se lo presentara. Lo hice sin dar ninguna información: «Phil, Jesús Fontaine. Jesús, Phil Girardon». Los dos hombres se dieron la mano.
—¿Puedo hablar contigo? —me preguntó.
—Mmmm —fingí pensar—, no —respondí de lo más campante.
Phil enarcó una ceja. Jesús me tomó del brazo y me estiró, no pude hacer otra cosa que ponerme de pie. Inmediatamente Phil se levantó también. Probablemente Jesús se hubiera sentido intimidado por la altura y el porte de mi sudamericano, pero tenía a sus matones vigilando. Podía ver a los mellizos Austin y Tyler cerca, uno de ellos acercándose a la mesa al ver el movimiento inusual.
—Creo que escuché a la señora decirle que no quería hablar con usted —dijo Phil educada, pero firmemente.
—No se meta en esto, Girardon —respondió secamente Jesús.
—El que se está metiendo donde nadie lo ha llamado es usted, Fontaine. Suéltela, por favor —retrucó Phil.
—¿O sino… qué? —preguntó Jesús altanero, riéndose irónicamente.
Yo observé a uno y otro indistintamente y me desesperé al ver las miradas asesinas en ambos. Pensé que a pesar de las ganas que tenía que Phil le asestara una buena trompada, la única que podía solucionar eso sin llegar a los golpes era yo.
—Phil, tranquilo… —dije tomando una de sus manos que estaba cerrada en un puño. Me acerqué y le dije al oído—: voy a hablar con él, no podemos provocar un escándalo aquí.
—¿Estás segura? —Asentí con la cabeza— No te alejes, Geraldine.
Di media vuelta y me dirigí –seguida por Jesús– hacia una larga mesa al costado, donde había una estatua, frutas y chocolates decorados con maestría.
Mi estómago estaba lleno a rebosar, pero como necesitaba ocupar mis manos, tomé una trufa de chocolate y le di un pequeño mordisco, apoyándome en el borde de la gran mesa.
—¿Qué quieres, Jesús?
—A tu padre no va a gustarle esto, Geral —fruncí el ceño—. Estás haciendo el ridículo… ¿es que no te das cuenta?
—¿Di-disculpa? —casi me atoro con el bocadito— ¿De qué estás hablando?
—De toda esa pantomima del novio enamorado, te están sacando fotos cada minuto. Mañana aparecerán estampadas en todos los periódicos y revistas sensacionalistas. ¿Es que no te importa tu reputación ni la de tu padre? Cada semana apareces retratada con un hombre diferente.
—Mira, Jesús… soy una mujer joven y soltera. Si quiero salir con alguien o manosearme con quien se me antoje en público, estoy en todo mi derecho y tú no tienes nada que opinar al respecto, tampoco mi padre. Que yo sepa, ni uno ni otro me da de comer, así que no me interesan sus opiniones. Y lo que publique la prensa me tiene sin cuidado hace muchos años, así que te sugiero que des media vuelta y me dejes vivir en paz… ¿oíste?
Justo en ese momento, las luces del salón bajaron de intensidad, y la orquesta empezó a tocar una melodía retro. La gente empezó a levantarse y yo miré hacia nuestra mesa. Phil estaba observándome atentamente.
Jesús negó con su cabeza y puso los ojos en blanco, como resignándose.
—¿Te puedo pedir un favor? —me preguntó ya más calmadamente.
—Dudo que te lo conceda, pero dime…
—Deja que Austin te acompañe, tu padre está muy angustiado por tu seguridad. Desde que…
—¿Mi padre angustiado? —lo interrumpí y reí a carcajadas— ¡Por favor, Jesús! Al señor Vin Holden solo le preocupa dónde podrá obtener más petróleo cuando sus reservas se acaben.
—De hecho ese es un tema vidrioso para él en este momento. Hay muchos intereses en juego y teme por tu seguridad. Pueden intentar cualquier cosa contigo solo para llegar a él. Debes dejar que Austin te proteja. Por favor, Geral… no seas cabezota.
—Lee mis labios: «N-i-.-l-o-c-a». Hace un año me libré de todos sus secuaces y estoy bien, sé protegerme. ¡No pienso volver a tener un niñero en mi vida!
—Aquí no importa lo que tú pienses o quieras, sino lo que debes hacer… ¡te llevarás a Austin! Y tema finiquitado —dijo con altanería.
Lo miré a los ojos con odio, y cerré tan fuerte mis puños que los nudillos me quedaron blancos.
—¡Mataré de un tiro a Austin, o cualquiera de tus matones que se me acerque! —dije muy enojada— ¿Está claro? Ahora… ¡déjame en paz!
Di media vuelta y me encaminé a la mesa, aturdida y nerviosa.
Phil se levantó para recibirme, y me quedé parada frente a él con los ojos vidriosos y los puños todavía apretados. Él tomó mis manos, por lo visto sintió algo, porque abrió mi puño derecho y levantó la vista, interrogante.
—Tru-trufa de chocolate —balbuceé en un susurro.
Ni siquiera me había dado cuenta que la estaba estrujando.
—Ven, vamos a limpiarte —dijo dulcemente, y tomándome por el hombro me llevó hacia el sanitario.
Los baños sexados estaban copados de gente. Phil le preguntó a un mesero si sabía de otro lugar donde pudiera limpiarme, y él le indicó que había otro pequeño sanitario al final del pasillo que daba a la cocina.
Fuimos hasta allí y nos metimos juntos. Phil llaveó la puerta presionando el botón del pomo.
—¿Estás bien, Geraldine? —preguntó suavemente mientras me sacaba el chocolate embadurnado en mi mano con un pedazo de papel higiénico.
—S-sí, claro —balbuceé—. Es que… ese hombre siempre me altera.
—Me di cuenta, tranquilízate —y levantó mi mano, tomó un dedo y lo metió dentro de su boca, chupándolo lentamente—. Mmmm, delicioso.
¡Santo cielos! Toda mi rabia se desbarató al instante como si fuera un castillo de naipes que se derrumbaba.
Mi coño se tensó con cada lenta lamida, mientras mi cuerpo se ponía rígido. Hinqué las uñas de mi otra mano en la mesada del baño, como si pudieran traspasar el mármol. Mi clítoris palpitó de forma espasmódica, y latigazos de puro placer me recorrieron todo el cuerpo.
Me quedé sin aliento, y me humedecí los labios con la lengua.
Luego de chupar todos y cada uno de mis dedos, metió mi mano bajo el grifo y me lavó, pero ni eso hizo que el fuego de mi cuerpo se apaciguara.
Me secó y tiró la toallita sobre la mesada, nos miramos fijamente hasta que él levantó ambas manos y las posó en mi cuello, con los pulgares fue recorriendo esa zona y parte de mi mejilla.
Y acercó su cara, mi corazón palpitó. Estaba tan excitada, que sentía que mis bragas se mojaban más y más cada segundo.
Se acercó lentamente, como pidiendo permiso y me besó la mandíbula, descendió por mi cuello hasta llegar al punto que me había acariciado con el pulgar. El corazón se me aceleró aún más, y me pregunté si notaba bajo sus labios el torrente de sangre que corría por mis venas.
Suspiré de placer al sentir que su mano bajaba desde mi cuello hasta mi seno, y tuve que inhalar con fuerza cuando me acarició el pezón con el pulgar. Después de pellizcarlo un poco por encima de la ropa, posó la palma abierta sobre él. Tenía una mano sobre mi corazón y la boca sobre el pulso que latía en mi cuello, así que podía sentir en dos lugares cómo el torrente de mi sangre fluía.
—Me volviste loco toda la noche con este vestido —susurró en mi oído—, saber que estás desnuda debajo, sin más prendas que una braguita me está matando.
Phil se refería obviamente a que mi vestido, ampliamente escotado por detrás, no permitía que usara sostén. Y mis pezones, deseosos de su contacto, se tensaron aún más.
Y él les prestó la atención debida mientras salpicaba mi rostro de besos... frente, ojos, la punta de mi nariz, mejillas, mandíbula y barbilla... me besó en la boca, pero de una forma casi casta, con un roce de labios contra labios que duró un instante.
Y nos miramos, ambos con las respiraciones agitadas.
Fui yo la que lo atacó primero, y él dejó que llevara la iniciativa. Lo devoré, instándole a que abriera la boca, y metí la lengua para saborearlo. Después de hacer que colocara de nuevo las manos sobre mis senos, metí la mía bajo el saco del esmoquin y acaricié su espalda.
Susurró mi nombre contra mi boca, y volvió a acariciarme un pezón con un pulgar mientras bajaba la otra mano hasta mí trasero para acercarme más. Me rozó la lengua con la suya, nuestros dientes se entrechocaron mientras nuestros labios se movían y nuestras manos acariciaban con una avidez creciente todo aquello que teníamos a mano.
Dejó de besarme la boca para seguir con mi cuello. Yo apoyé las manos en la mesada y dejé caer mi cabeza hacia atrás para darle acceso total, pero él siguió bajando, y sus dedos también, sus manos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo sobre el vestido hasta llegar a mis piernas, bajé la vista y lo vi arrodillado en el piso.
Metió las manos dentro del tajo de mi falda y las subió hasta mis caderas apoderándose del borde de mis bragas, la fue bajando lentamente. Nos miramos cada segundo del proceso.
Levanté un pie, luego otro. Me la sacó, la guardó en el bolsillo del esmoquin y se acercó hasta mí, abrazándome a la altura del trasero. Metió la cara entre mis piernas, sobre el vestido y aspiró profundamente.
—Tienes un olor delicioso —susurró, presionando su nariz en mi entrepierna.
—P-Phil… —gemí, no pudiendo creer que los dos siguiéramos totalmente vestidos.
En ese momento, ambos volteamos nuestras cabezas y miramos embobados el picaporte de la puerta que giraba de un lado a otro.
—¡¿Hay alguien ahí?! —preguntó un hombre desde el exterior.
¡Oh, maldición!
Phil blasfemó en español, reconocí algunas palabras porque algo entiendo. Se levantó del piso y respondió:
—¡Ya salimos!
Yo seguía completamente aturdida y con el corazón palpitando descontrolado.
Me tomó la mano y me estiró.
—¡Phil, mis brag…! —Pero él ya había abierto la puerta.
Le dimos una tonta explicación al hombre –que aparentemente era el cocinero– sobre el motivo por el que estábamos ocupando un baño privado y nos escabullimos de nuevo en el salón.
—Ponte delante de mí —me solicitó.
El ambiente reinante era totalmente diferente a como lo dejamos, las luces de colores oscilaban de un lado a otro, la música de la orquesta a todo volumen invitaba al baile, y de hecho la pista estaba llena.
Phil me empujó suavemente hasta allí, me volteó y me tomó en sus brazos, me apretó fuerte contra su cuerpo. Sentí su erección plena aún, y entendí el motivo por el cual quería que lo tapara.
—Parece que "Don Perfecto" quiere seguir jugando, no se da por vencido —dije subiendo las manos por su pecho y entrelazándolas en su cuello.
—¿Don Perfecto? —me miró con el ceño fruncido.
Yo restregué mi entrepierna contra su tiesa polla para que comprendiera.
—¿Le pusiste ese nombre? —preguntó estupefacto y rio a carcajadas— ¡Por Dios! Llámalo el increíble Hulk, Hércules, Mister Big, o Thor el Poderoso, pero… ¡no Don Perfecto! —exigió riendo y acariciando suave y tiernamente mi espalda desnuda en el proceso.
—Es que es perfecto, nunca vi uno tan lindo —dije melosa, y acerqué mi boca a su oído—, me muero de ganas de jugar con él.
—Eres una descarada —contestó en mi oído también—. Él se muere por jugar con tu precioso coño también. Y yo deliro con la idea… ¡Mierda, Geraldine! Así no lograré que se tranquilice.
Yo reí y me restregué más contra él.
—¿Cómo sabes que es precioso? Todavía no lo viste.
—Me lo imagino. Tengo tu olor todavía adherido a mis fosas nasales y me muero por probarlo con mis labios y mi lengua —mordió ligeramente el lóbulo de mi oreja, luego lo sopló. Yo me estremecí, no tanto por su toque como por sus palabras.
—Sabes que no llevo puesto nada ahora, mis bragas están en tu bolsillo y eso me incomoda, pero también me excita. Cuéntame más… ¿cómo lo imaginas?
—Mmmm —lo pensó un par de segundos—, rosadito, depilado, suave y liso como un melocotón. Bien abierto para mí, con tus pliegues carnosos y tu clítoris hinchado esperando mis atenciones. Dulce y sabroso por fuera, y por dentro… apretado y caliente, deseoso de absorber a Don Perfecto como una boca erótica.
Me pegué más a él, metí mi rostro en su cuello y crucé completamente mis brazos alrededor de sus hombros.
—M-más… —rogué en un susurro— ¿qué deseas hacerme?
Y me complació, siguió contándome al oído, lenta y suavemente, con esa voz de chocolate derretido que tenía:
—Quiero pellizcar tus pechos y morderlos, deseo recorrer cada centímetro de tu blanca piel con mis labios y mi lengua, necesito saborearte entera, lamerte desde la punta de tus pies hasta el lóbulo de tu oreja, sin dejar un solo espacio sin explorar. Muero por adorar tu coño y hundir mi boca en él, meterte la lengua hasta el fondo y lamerte con decadencia, necesito beber tus fluidos y saciar la sed que tengo de ti.
¡Maldición, era un experto! Tenía que luchar por quedarme quieta, y la tensión que iba acumulándose era tan grande, que el cuerpo me temblaba. Este acto furtivo era nuevo para mí, nunca había hecho algo así en público, y el calor dentro de mí estaba creciendo casi en contra de mi voluntad. Los recuerdos que tenía de él desnudo y sus calientes palabras se estaban sumando para lograr que mi cuerpo ardiera con unas llamas que sólo podían sofocarse con un orgasmo.
—Necesito rendir culto a tu cuerpo —continuó relatando en mi oído—, y cuando ya no puedas más y grites de placer en mis brazos, hundir a Don Perfecto en esa preciosa cueva caliente, resbaladiza y mojada y follarte duro, atravesarte con mil estocadas hasta llegar a tu útero y estremecerlo —una gota de sudor empezó a bajarme por la espalda, y acabó deslizándose entre mis nalgas, Aquella sensación, aquel pequeño cosquilleo parecido al roce de una lengua, fue el empujón final de sus palabras—: hasta que olvides quién eres, pero no quién soy yo, hasta que no puedas ni siquiera pronunciar tu nombre, pero grites el mío.
»Solos tú… y yo…
No precisé más. Mi coño se tensó mientras mi cuerpo se ponía rígido. Hinqué las uñas en su pelo y los dientes en su cuello. Mi clítoris palpitó de forma espasmódica, y latigazos de puro placer me recorrieron todo el cuerpo. Todo mi ser se estremeció, y él lo notó. Menos mal que estábamos bailando, porque el movimiento de mi cuerpo hubiera llamado la atención en cualquier otra situación. Me apretó más fuerte y esperó a que me calmara antes de preguntarme asombrado al oído:
—¿Acabas de tener un orgasmo? —estaba estupefacto.
—Mmmm —gemí, asintiendo con la cabeza. No podría hablar aunque quisiera y creo que si él no hubiera estado sosteniéndome, me habría desplomado al suelo.
Así de potente era mi dicha.
—¡Dios Santo! Eres un violín bien afinado —susurró con admiración, apretándome más y girando por la pista.
—Un violín que desea con ansias tocar la melodía que a usted se le antoje, señor Garrett.
Phil suspiró y siguió el ritmo cadencioso de la melodía, tratando de calmarse. Todavía lo sentía duro como una barra de hierro contra mi entrepierna. ¡Pobre mi sudamericano!
—¿Te gusta David Garrett? —me preguntó, obviamente intentando cambiar de tema para poder tranquilizarse.
Y continuamos hablando de la música de ese famoso violinista y modelo alemán, el cual al parecer nos gustaba a ambos. De nuevo me sorprendió con sus amplios conocimientos sobre el tema, y su sabiduría en relación a los clásicos.
Mi sudamericano era realmente una persona sorprendente y muy culta.
Algo no cuajaba en toda esta ecuación.
Pero como eran otras cosas las que me importaban en ese momento, y seamos sinceros… soy yo, tengo que convivir diariamente con mi falta de interés hacia cualquier tema que no fuera mi persona. Indagar en él y sus contradicciones no estaba en mi lista de prioridades en ese momento. Sí lo eran conocer el pleno funcionamiento de su polla, sus manos, su boca y su lengua… en mi cuerpo, era todo lo que necesitaba.
Precisaba sus caricias y… ¡un vasito de ese delicioso amaretto de almendras!
Se lo arrebaté a un mesero que pasaba y lo bebí de un trago.
Y luego otro… y otro más.

5 comentarios:

Lina Almanza dijo...

acabo de entrar ...y que veo?? ....algo peligrosamente grande... por favor una foto...please..... un boceto preliminar ... algoooo... si en reposo es asi, yo quiero verlo despierto...jajaja... dejando al calentura a un lado...digo... el relajo... que manera de escribir Grace!!!.. impactas con tus inicios de capitulo ...queda una a enganchada ... quieres saber más ...más...más.

ivonne dijo...

wao, nunca había leído a una prota tan descarada pero me llama la atención tanto el como ella, esconden muchas cosas y quiero saber que es...
buenísimo, quiero mas!

Grace Lloper dijo...

Me alegro que les guste, chicas!!!
Dejé un nuevo capi ;-)

Anónimo dijo...

Ahhhh Grace, me has dejado cautivada!!!!!!!, me ha encantado los capitulos de Dibujame ahhhhh , phillllllll, tipoco tuyo grace, una lectura, jovial, interesante, amena, adictiva, me has dejado ahora con ganas del plato fuerte, se puede saber para cuando entonces.... no se puede asi jajjaaja me encanto, esta divina , sin desperdicios!!!! ahhh quiero saber que pasa ahora quiero mas quiero a phil jejejej please ......

Maga Collado

that girl dijo...

Querida Grace, acabo de terminar de leer tu libro y debo decir que quede maravillada, esos detalles que tu escribes a lo largo del libro hacen que toda la historia sea más perfecta de lo que ya es. Pero ahora me dejaste con la necesidad de seguir leyendo pintame, de verdad me dejaste intrigada y maravillada. Esperaba me pudieras decir donde encontrar tu libro y poder continuar con esta obsecion de phill y geraldine.
Esperando pudieras responder te saluda cordialmente una gran admiradora.

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