Dibújame (Santuario de colores #1) Capi 01

sábado, 26 de abril de 2014


Desperté sobresaltada, con el estómago revuelto.
La luz que entraba por los grandes ventanales me cegó, llevé una de mis manos a la boca y gemí, conteniendo las ganas de vomitar. La bilis subió repentinamente desde mi estómago como un volcán en erupción, quemando mi garganta con su acidez característica.
Todavía con los ojos cerrados desplacé la sábana que me cubría, ni aunque quisiera hubiera podido abrirlos, la claridad del amanecer me estaba matando, me levanté de un salto de la cama y del mareo casi caí al piso en mi apuro por llegar al baño.
¡Oh, mierda! ¿Qué habré hecho anoche?, pensé mientras me apoyaba por los muebles y las paredes para llegar al sanitario. Tropecé con la butaca del tocador. Blasfemé como una criada y seguí mi camino tambaleante.
Si la puerta del baño hubiera estado cerrada, también me la habría llevado por delante, entré como pude y me desplomé en el piso frente al inodoro abrazándolo como si fuera mi mejor amigo, descargué el contenido de mi estómago en él. La penumbra de ese ambiente permitió que mis ojos se abrieran un poco… ¡y las arcadas volvieron al contemplar el contenido depositado frente a mis narices!
¡Qué asco! ¿Serán los chiles rellenos, los tacos o los tamales?
Quizás de todo un poco, mezclado con tequila.
Arrimé mi cabeza contra la pared azulejada del costado y mi trasero, que estaba apoyado sobre la alfombrita de toalla, se desplazó con ella hasta que quedé tumbada sobre el piso de porcelanato del baño.
Al sentir el frio glacial en mi espalda, me di cuenta que estaba desnuda. ¡Yo nunca duermo desnuda! A no ser qué… y olvidé lo que estaba pensando porque las arcadas volvieron. Me relajé tirada en el piso conteniendo la respiración.
Un minuto, solo necesito un minuto y estaré bien.
Y sonreí resignada al imaginarme como si estuviera dentro de un carrusel que daba vueltas y vueltas sin parar. Sentía que me hundía… ¿o era el techo que estaba desplazándose hacia mí?
Ni idea… al parecer me quedé dormida, porque cuando desperté de nuevo me encontraba acurrucada en mi cama con las cortinas cerradas y un adonis rubio y precioso entraba en la habitación con una bandeja y el maravilloso aroma del café recién hecho.
Lo miré frunciendo el ceño y me imaginé que fue él quien pasó la noche conmigo, me encontró tirada en el piso del baño y me trajo hasta la cama, no había otra explicación y mi amor propio jamás me permitiría indagar sobre lo que había pasado la noche anterior. Las miserias humanas no formaban parte de mi inventario, menos si se referían a mi persona.
—¡Buen día, mi linda amazona! —dijo alegremente el joven, que si mal no recuerdo se llamaba… mmmmm, se llamaba… ¡oh, carajo… no tengo idea! Pero tenía una maravillosa voz de barítono.
Acomodé la sábana sobre mis senos desnudos cuando lo vi acercarse contoneando masculinamente las caderas cubiertas solo por una esponjosa toalla. Era realmente lindo, no me asombré de haberlo elegido. Sonreí interiormente y me felicité a mí misma por mi buen gusto.
Pero todavía me sentía enferma por la resaca, me dolía la cabeza y tenía el estómago revuelto. No tenía ni pizca de ganas de soportarlo.
—Tienes que irte —le dije al instante.
Vi la sorpresa en su rostro, pero no me importó en lo más mínimo. Mi cerebro no funcionaba con remordimientos, no había separación entre lo que pensaba y decía. Lo quería fuera de mi casa en ese momento, y era lo que conseguiría.
—Pero, Geral… —la cara del hombre era un poema. ¡Y mierda! Qué joven se veía, no debía tener más de 22 años.
—Señora Vin Holden para usted, jovencito —lo interrumpí con el rostro impasible, a pesar de las ganas que tenía de reírme de su cara de desconcierto.
—¿Señora…? ¿Estás bromeando, no? —preguntó dejando la bandeja en la mesita de luz y subiendo a la cama— ¿Quieres seguir jugando? —se acercó y besó mi cuello— ¿Qué tal al caballito, como anoche?
¡Al caballito! Ooooh, cielos… mi cerebro hizo cortocircuito y reí a carcajadas al recordar. Todo lo pasado la noche anterior volvió a mi memoria, incluso su nombre.
—Quizás otro día, Mike —respondí empujándolo y bajando de la cama. Tomé el salto de cama y cubrí mi desnudez antes de soltar la sábana—. Quiero que te vayas ahora, tengo mucho trabajo.
Vi que el adonis fue muy previsor. Junto con el jugo de naranja recién exprimido había una botellita de pastillas analgésicas, saqué dos y vacié el vaso casi de un trago, me supo a gloria. Tomé la taza de café que había sobre la bandeja y fui hacia el baño.
Antes de entrar, volteé. Mike me miraba con el ceño fruncido. Suspiré, sabía perfectamente lo que pasaba por su cabeza en ese momento.
—Al salir, toma una tarjeta mía de la consola del hall de acceso —dije poniendo los ojos en blanco—. Llama el lunes, mi secretario se llama Thomas, él te dará una cita. Y si necesitas plata para el taxi, en la mesita de luz…
Me callé, porque Mike se acercó sonriendo con los ojos entornados, parecía un depredador.
—¿No te dije que…?
Pero no pude seguir, el adonis rubio me apretó contra el marco de la puerta y metió su lengua en mi boca, presionó su entrepierna contra la mía y me devoró. Por un momento me olvidé de todo y disfruté de su toque, sus manos estaban por todos lados y mi sangre empezó a hervir.
Y de la misma forma que me asaltó, paró.
—Lávese los dientes, señora Vin Holden —dijo con una preciosa sonrisa ladeada—. Llamaré el lunes a tu secretario, pero quiero que quede claro que lo que pasó anoche lo disfruté… no fue un pago por futuros servicios.
Dio media vuelta y empezó a vestirse. Cuando cerré la puerta del baño suavemente lo último que vi fue su hermoso trasero desnudo y redondeado.
Un chico con carácter y buen culo, pensé sonriendo antes de desnudarme para tomar una ducha.
*****
Llegué a la oficina al mediodía, nunca lo hacía antes de todas formas, así que no me preocupé. Hice mi camino habitual desde Malibú hasta Beverly Hills en tiempo récord, primero por la costa, luego por Santa Mónica Boulevard, hasta llegar a Wilshire Boulevard, cerca de Rodeo Drive, donde tenía mi exclusiva galería de arte.
Al llegar hasta ella, como siempre, sentí un gran orgullo al ver las altas vidrieras del frente en doble altura y la preciosa marquesina niquelada con mi nombre escrito en sugestivas letras doradas:
Soy famosa, lo sé… y me gusta serlo, adoro el poder y lo tengo, así como excelentes conexiones. No solo por ser una artista de renombre –lamento eso–, sino también por ser la única hija y heredera de August Vin Holden, el acaudalado petrolero.
Mi padre no es santo de mi devoción, y si pudiera pasar de él, lo haría. Pero lastimosamente le prometí a mi madre en su lecho de muerte hace diez años que nunca le daría la espalda. Tampoco es tan terrible, solo debo soportarlo en su cumpleaños, Navidad, día de Acción de Gracias y en el aniversario del fallecimiento de mi madre, ya que ambos prometimos visitar su tumba en esa fecha todos los años.
Hasta ahora cumplimos, eso es sagrado para mí.
Ella lo era todo; mi madre, mi confidente, mi amiga. Perderla fue como si un pedazo de mi corazón fuera enterrado con ella. Y él tuvo la culpa… mi padre la mató. No con sus manos, pero sí con sus actos.
Nunca se lo perdonaré… jamás.
Anne Vin Holden hubiera estado realmente orgullosa de mí, de ver todo lo que había logrado sola. Bueno, indirectamente ella me ayudó… parte de su herencia fue mi impulso inicial. Pero sin mi fuerza, tenacidad y constancia, las seis galerías que tengo en la ciudad de Los Ángeles y otra docena de sucursales tipo franquicias en el resto de los Estados Unidos, no serían nada.
Metí mi Lamborghini Reventón color albaricoque oscuro en el estacionamiento subterráneo, tomé mi exclusiva cartera de cuero negra en juego con mis zapatos, bajé del vehículo, alisé mi falda azul ajustada y mi blusa blanca de seda antes de subir hasta mi galería. Llegué a la planta baja y aspiré el delicioso aroma a incienso de vainilla.
—¡Buen día, chicos! —saludé en general al recepcionista y a una de las vendedoras. Me devolvieron el saludo respetuosamente:
—Buen día, señora Vin Holden.
Subí hasta el entrepiso y allí estaban Susan Wellers, mi mejor amiga y experta curadora de arte –que no sé qué sería de mí sin su ayuda– y mi adorado secretario Thomas Schmidt, que hace otro poco –o mucho– para facilitarme la vida.
—Susy, Thomas —los saludé más informalmente.
—Hola, Geral —respondieron a dúo.
El entrepiso solo ocupaba un tercio del área total de la galería y balconeaba en doble altura hacia la planta baja donde se exponían los cuadros.
Entré a mi oficina semi vidriada seguida por mi fiel asistente y me senté detrás de mi moderno y amplio escritorio también de grueso vidrio esmerilado con caprichosas patas niqueladas. No había nada práctico en la decoración de mi galería, era todo lujo, esplendor y minimalismo.
—¿Qué novedades tenemos, Tom? —pregunté clasificando la correspondencia que debía ser revisada y contestada por él.
—Primero las buenas noticias…
Escuché atentamente todo lo que tenía que decirme, sin observarlo.
—Y ahora la mala —fruncí el ceño y lo miré, menos mal que lo dijo en singular—, el modelo que se comprometió a venir el lunes para que empieces tus bocetos de la nueva serie "Man’s body" llamó a cancelar. Se rompió una pierna.
—¡Oh, mierda! —blasfemé enojada— ¿Y ahora qué hago?
—Llamé al siguiente de la lista, pero ya estaba comprometido en otro trabajo durante quince días, luego al siguiente… y me dijo que hasta el jueves de la semana que viene no iba a poder. El resto de los postulantes no te gustaron.
—Date la vuelta, Tom… —dije apoyándome en mi sillón gerencial con cara de pícara, él lo hizo frunciendo el ceño. Hice como que lo observaba pensativa— Mmmm, no está mal. Ustedes los gays tienen todos un buen culo. Si no me consigues a alguien para el lunes, capullo… tendrás que posar tú —lo amenacé.
—¡Geral! ¿Estás loca? —arguyó con un gritito dos tonos más agudos que su voz.
Reí a carcajadas al ver la cara de desesperación de mi lindo asistente. Oí las carcajadas de Susan desde el otro extremo de la oficina, al parecer estaba atenta a lo que decíamos.
—El lunes te llamará un tal Mike —cambié el tema—, no recuerdo su apellido, pero quiere que veamos sus obras, fija una cita con él para algún día de la semana en la que Susan y yo estemos libres. Y ahora ve a trabajar, capullito… y tráeme algo de comer, una ensalada César estaría bien, y agua con gas, por favor —dije haciéndole un gesto con la mano para que me dejara sola—. ¡Susy, ven aquí!
Susan le indicó a Thomas que deseaba lo mismo para almorzar y nos sentamos en la mesa de reunión al costado de mi escritorio para programar la siguiente exposición de un artista novel pero con mucho talento que tendría lugar en poco menos de un mes.
Y así se nos pasó la tarde, entre mucho trabajo y un poco de chismes.
Era jueves, luego de la resaca de la noche anterior, dudaba que pudiera aguantar dos días del mismo trajín, pero me fijé en las tres invitaciones que tenía pendientes para ese día y como Scarlett en "Lo que el viento se llevó", decidí pensar sobre eso… en unas horas.
A poco más de las seis de la tarde, ya estaba conduciendo de nuevo hacia Malibú, que era mi paraíso en el mundo entero.
Llegué ligeramente asustada, porque en una esquina casi atropello a un motociclista al quedarme embobada mirando a un impresionante espécimen masculino en calzas que estaba haciendo jogging en un parque.
Nada raro.
Tenía un fetiche con los culos, sin duda alguna.

2 comentarios:

KASS FINOL dijo...

El capítulo 1 siempre debe atrapar y tú lo hiciste. Que limpio y bien escrito está este capítulo. Me gustó mucho.

Carolina Ortigosa dijo...

Es estupendo! Me encantó! Desde luego Kass tiene razón, a mí me dejaste atrapada! Tanto que no creo que tenga tiempo de nada en un día y medio! Estaré muy ocupada con tu libro! Desde ya... Felicidades!!

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