Píntame (Santuario de colores #2) Capi 02

lunes, 29 de diciembre de 2014

Encendí mi iPhone en el camino a casa.
Y lo primero que hice fue llamar a Ximena.
—Ya estoy en Los Ángeles, Xime —le anuncié.
—¡Oh, Phil! Me alegro mucho —y escuché ruidos en el fondo—, te llamaré apenas me desocupe, me muero de ganas de saber qué harás.
—¿Qué haré? —dije alucinado— Esperaba que tú me dieras alguna idea… ¡mierda! Estoy perdido… lo más probable es que si me acerco a ella empiece a tirarme todos los objetos contundentes disponibles a su alrededor.
—Quizás lo hubiera hecho hace dos semanas, pero ya está mucho más tranquila y relajada… mmmm —pensó unos segundos—, eso creo. Te llamo luego, Phil… estoy con un paciente.
Nos despedimos justo en el momento en el que el taxi me dejaba frente a mi casa familiar en Malibú. Le pagué y bajé con mi maleta y mi equipaje de mano.
Suspiré y me quedé parado enfrente observando la casa. Mi padre la había comprado hacía 21 años atrás, como inversión. Él creía firmemente que el dinero invertido en bienes raíces era mucho más seguro que el depositado en un banco, así que todo el excedente que no iba a reinvertir en el negocio familiar, lo hacía comprando propiedades.
Había elegido Malibú por su clima, pensaba que era un hermoso lugar para pasar vacaciones familiares, y más adelante… su vejez junto con mi madre, un deseo que ya no iba a poder realizarse. Y no era la única propiedad que teníamos aquí, pero las demás –que estaban en Los Ángeles: departamentos, casas y salones comerciales– se encontraban alquiladas, y le daban a mi madre una renta excelente para vivir cómodamente el resto de sus días sin preocuparse por los desastres que su hijo o sus hijas cometían con el negocio familiar.
Era una excelente "jubilación privada", por llamarlo de alguna manera.
Abrí la puerta y entré. Aunque de estilo conservador, era una hermosa casa, amplia, de dos niveles y 4 dormitorios, con pisos de parqué y mobiliario clásico. Mi padre nunca quiso alquilarla porque era como nuestro refugio privado, el lugar donde pasamos hermosos veranos en familia cuando éramos niños y adolescentes, incluso navidades y años nuevos.
A pesar de que era de siesta, encendí las luces porque la casa estaba absolutamente cerrada y a oscuras. Me dirigí hasta las puertas vidrieras-persianas y las abrí, el resplandor entró de lleno. Vi al cuidador limpiando la terraza.
¡¡Mba’éichapa Karai!! —me saludó en guaraní cuando me vio.
Iporãnte, ¿Ha nde? —le dije. Al instante entró y se apoderó de mi maleta luego de saludarme con un apretón de manos.
Ha iporãnte avei —me respondió.
Pedro Infante era paraguayo, un hombre bajo, algo grueso, que rondaba los 60 años. Fue capataz de nuestra hacienda durante doce años antes de tener un grave accidente al montar un caballo, luego de eso ya no pudo ocuparse de sus obligaciones. Entonces mi padre tuvo la espectacular idea de traerlo a vivir a California, ya que no tenía familia alguna en el Paraguay. Hacía 18 años que residía en Malibú, había conocido a una colombiana aquí y se casaron siete años atrás, ambos vivían en las dependencias del servicio y cuidaban la casa, aunque tenían trabajos paralelos. Pedro limpiaba las piscinas de los vecinos y cuidaba sus jardines, y Belén se encargaba de la limpieza de varias casas de la zona.
Mi familia entera tenía residencia en los Estados Unidos, con pasaporte norteamericano, incluso Paloma y los hijos de mi hermana. Mi padre lo había tramitado luego de adquirir la casa, y lo había conseguido años después. Trajo a Pedro con Visa de trabajo, sin embargo él también había conseguido su Green Card recientemente, ya que su esposa la tenía, porque los hijos de ella, ya adultos ahora, habían nacido en los Estados Unidos.
Pedro nunca dejaba de agradecernos el hecho de haberlo traído a los Estados Unidos a vivir, se había convertido en un gringo cualquiera… un gringo que se negaba a aprender el idioma inglés. Hacía casi dos décadas que vivía allí y apenas sabía saludar y despedirse. Era terco, muy terco.
Lo primero que hice cuando dejó la maleta en mi habitación fue sacar sus regalos, le entregué un paquete de 10 Kg. de yerba mate, y el termo de tereré con el logo de la Agro-ganadera que le había prometido. Gritó de felicidad, porque la yerba era de la marca que a él prefería y aquí no encontraba. Al instante me dijo:
 —¿Tereré, Karai?
Yo sonreí, asintiendo y bajamos.
Nos sentamos en la terraza a tomar esa infusión refrescante que tanto nos gustaba a ambos, por supuesto compartiendo la guampa y la bombilla. En ese momento recordé de nuevo a Geraldine… ¡cuándo no! Ella se había negado a probarlo por más que yo hubiera intentado persuadirla.
«De tu boca a mi boca, solo tu lengua, amorcito» fueron sus palabras.
¡Oh, mi emperatriz! La extrañaba horrores.
Pedro me estaba relatando las novedades que ocurrieron en mi ausencia, pero ni siquiera lo escuchaba, mis pensamientos y todo mi ser estaban a 200 metros de allí, en una mansión moderna, lujosa y de estilo minimalista, propiedad de mi tormento y la futura madre de mi hijo… o hija.
Miré la terraza y recordé el momento en que la conocí, cuando estaba corriendo por la playa y subió a hacerme su descabellada propuesta. Pedro se había tomado unos días de vacaciones con su señora, aprovechando mi presencia, y yo estaba limpiando la piscina. La vi frente a mí, sudada por el ejercicio, pero hermosa igual, tan segura de sí misma, tan desenfadada y descarada.
La deseé en el mismo momento en que la tuve enfrente.
Lastimosamente, también le mentí al instante.
Pero estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que me pidiera con tal de que me perdonara y pudiera formar parte de su vida y la de ese bebé en camino, incluso arrastrarme a sus pies.
Probablemente para conseguirlo tendría que dejar mi orgullo de lado. Sí, soy tan orgulloso como un pavo real, lo sé, y tengo una enorme necesidad de mandar y de ser amado por aquellos que me rodean. Me conozco, así como sé que secretamente temo al fracaso y al ridículo. Es una constante tortura interna, y la verdadera fuente de mi vanidad y de mi dignidad exagerada.
Sin embargo lo acontecido, una gran causa como esta que había ocurrido, logró conmover mi nobleza, y no tengo miedo de aceptarlo ni de enfrentarme a las consecuencias de mi propia estupidez. Ya hace tiempo, por todas las pruebas a la que la vida me había sometido, aprendí que la fuerza y el valor que he fingido poseer siempre, en realidad han estado presentes en mí durante todo el tiempo.
Y los usaría.
Como que me llamaba Philippe Logiudice Girardon, conseguiría que mi emperatriz me perdonara, porque estaba seguro que seguía amándome. Tenía poco más de seis meses para lograrlo, esperaba conseguirlo mucho antes.
Suspiré y acepté el tereré que Pedro me pasaba.
—¿Por si acaso sabes algo de la señora Vin Holden, nuestra vecina? —le pregunté.
—No, señor —me contestó—, pero seguro que Belén sí lo sabe, suele hablar con Consuelo, la señora que se encarga de su casa —asentí pensativo—. Yo la vi solo una vez caminando por la playa al atardecer.
—¿Caminando? ¿No estaba trotando? —indagué curioso.
—No, solo caminando… y del otro lado de la playa, no de esta. ¿Por qué?
—¿Estaba sola? —seguí averiguando sin responderle.
—S-sí… sola —dijo frunciendo el ceño. Estaba seguro que quería hacerme muchas preguntas, pero nuestra relación no era de ese tipo, así que se contuvo y se mordió la lengua antes de indagar más.
Asentí y me quedé pensativo mirando la playa.
Quizás podía encontrarla esta tardecita, si tenía suerte. Geraldine era muy costumbrista, y sus paseos por la playa al atardecer, ya sea trotando o caminando como ahora, eran algo usual en ella.
—¿Va a quedarse mucho tiempo otra vez, karai? —me preguntó Pedro.
—No tengo idea —y era la verdad.
Me quedaría todo el tiempo que fuera necesario.
Apenas había dormido en los cinco días pasados organizando mis cosas allá de modo a que todo siguiera funcionando a la perfección sin mí. Bueno, aunque no hubiera estado tan ocupado, igual no podía pegar un ojo pensando en ella.
La intensidad de la relación que habíamos tenido era abrumadora, en vez de poco más de dos meses, parecían dos años. Habíamos comido, reído, dormido, sufrido y respirado juntos, ahora tenía que volver a aprender a hacerlo todo solo… por segunda vez en mi vida. Y no estaba dispuesto a perderla. Ella estaba disponible, no me había dejado para siempre y en forma definitiva como Vanesa. Estaba viva, respiraba, y yo la necesitaba a mi lado día y noche, precisaba su cuerpo calentito rozando el mío, su delicioso olor, sus alegrías, sus penas, su fuerza y su entrega.
La conocía, tanto su exterior como su interior. Y a pesar de que ella le hacía creer al mundo entero que no era más que una egoísta sin sentimientos, yo sabía lo dulce y cálida que podía llegar a ser, lo vulnerable y delicado que era su espíritu. Y yo le había hecho daño… ¡mierda! Como si ya no tuviera suficientes problemas en su vida.
Una vez le había dicho que el amor era una decisión consciente, y estaba convencido de ello. Pues bien, conscientemente yo había decidido amarla. Si bien todavía la deseaba apasionadamente, como un adolescente enamorado, sabía que el amor nacía de la convivencia, de compartir, de dar y recibir, de intereses mutuos, de sueños compartidos. Ella me amaba, me lo dijo… y yo sabía que no se podía amar a alguien que no sintiera lo mismo por ti. El amor verdadero debía de ser recíproco, un recibir tanto como un dar.
Todo estaba a nuestro favor, solo me restaba convencerla.
Adelante, Phil… hazlo de una vez.
Pedro estaba contándome algo referente a la instalación eléctrica de la casa, pero como si no me estuviera diciendo nada, lo interrumpí:
— Pedro, voy a salir un rato —me levanté—, vuelvo enseguida.
Y lo dejé plantado, con la palabra en la boca.
Había tenido una idea y tenía que llevarla a cabo.
Fui hasta mi habitación y tomé el regalo que había traído para Geraldine. No quería que mi llegada fuera una sorpresa para ella porque no tenía noción de cuál sería su reacción al verme, o más bien, deseaba que se hiciera una idea de que yo estaba cerca, aunque no lo supiera con seguridad, así que la mejor forma era utilizar a alguien para que le entregara el obsequio.
¿Y quién mejor que Consuelo?
Luego de escribir una corta nota, bajé raudamente las escaleras hacia la playa bajo la atenta y estupefacta mirada de Pedro que estaba limpiando la piscina y fui caminando los 200 metros que me separaban de su casa.
Sabía que Geraldine no estaría a esa hora, apenas eran las tres de la tarde de un viernes, todavía se encontraba en su oficina. Subí las escaleras de dos en dos y vi a Consuelo limpiando la sala cuando llegué a la galería. Le di tres suaves toques a la vidriera para que no se asustara, aunque igual su reacción al verme fue de asombro e incredulidad.
—¡¡¡Phil, oh… Dios mío!!! —abrió las puertas corredizas de par en par— ¡Estás de vuelta! —y me abrazó.
Le devolví el abrazo, complacido de que por lo menos ella me recibiera con alegría, estaba seguro que sería la única. Era una mexicana cálida y simpática de mediana edad que se encargaba de mantener en orden la casa de Geraldine. Nos habíamos hecho amigos a lo largo del tiempo que frecuenté a su jefa, yo solía sentarme a esperar a mi emperatriz en el desayunador de la cocina cuando se retrasaba en llegar a la tarde y Consuelo y yo conversábamos mientras se encargaba de sus quehaceres.
Sabía que en ella tendría una aliada.
Después de ponernos rápidamente al día en referencia a cosas triviales como nuestra salud, sus hijos, su marido y otras tonterías, fui al grano:
—Consuelo, necesito tu ayuda.
—Lo que sea si no es un crimen —dijo riéndose—. Dime, Phil…
—Necesito que le entregues esto a Geraldine cuando llegue —y puse la caja frente a ella en la mesada de la cocina.
—Pero yo prácticamente ya no la veo, recuerda que me voy a las cinco, y ella volvió a su horario habitual en la galería, llega normalmente luego de las seis de la tarde, a veces recién a la noche.
¡Oh, mierda!
—Bueno, entonces simplemente lo dejaré aquí sobre la mesada. Mejor aún —dije razonando rápidamente.
No sabría cómo llegó allí ni su procedencia hasta que lo abriera, y probablemente se imaginara que era un regalo enviado por correo, o algo similar.
Saqué la nota que tenía en el bolsillo y la releí rápidamente.

Emperatriz, el día que te atrevas a beber de esta guampa y esta bombilla conmigo, sabré que me has perdonado. Feliz cumpleaños, amor. Tuyo. Phil.

Puse la esquela dentro de la caja de cartón y observé el regalo. Era un kit de tereré recubierto en metal trabajado artesanalmente por orfebres paraguayos, con complicados diseños en bajo relieve que simulaban un encaje llamado ñandutí. Incluía la caja portadora, el termo, la guampa y la bombilla. Los tres primeros llevaban su nombre «Geraldine Vin Holden» grabado en una sugestiva y delicada fuente cursiva, como el cartel frente a su galería.
Suspiré y cerré la hermosa caja de regalo.
—Gracias, Consuelo —le dije sonriendo.
—De nada, muchacho —y me miró fijo—. Pensé que te habías ido a tu país.
—Y lo hice… pero volví —y cambié de conversación—. ¿Cómo está Geraldine?
—Yo… no sé mucho de ella, Phil —se encogió de hombros—. Ya sabes, casi no la veo, solo te puedo decir —y se acercó a mí como si fuera a hacerme una confesión— que creo que está un poco mal del estómago porque todos los días tengo que limpiar a fondo el inodoro de su baño, creo que suele vomitar bastante. A veces —puso una mano al costado de su boca—, ni siquiera llega al sanitario —dijo muy bajito.
—No le repitas eso a nadie, Consuelo —le dije suspirando—, por favor.
—¡Oh, por Dios! Claro que no, Phil —hizo la señal de la cruz—. Yo soy muy discreta. Te lo cuento a ti porque sé cómo la cuidaste cuando tuvo el accidente, y bueno... tienen una relación… ¿no?
—Mmmm, sí —acepté porque eso fue lo que ella presenció durante los más de dos meses que estuve aquí y Geraldine llegaba temprano a su casa—. Me tengo que ir. Por favor, deja el regalo aquí, quiero que sea una sorpresa para ella, y no cierres completamente las cortinas cuando te vayas, vendré más tarde a esperarla y me gustaría ver su expresión cuando lo encuentre.
—¡Oh, claro, así lo haré, y seguro será una sorpresa! Sobre todo el saber que has vuelto. Me imagino que estará contentísima.
Sonreí a pesar de lo dudosa de su afirmación, me despedí de ella con dos besos en las mejillas y volví a casa por la playa, pensando.
Yo había acompañado a mi esposa durante todo su embarazo, por supuesto, y sabía lo que eran las náuseas matinales, el vómito, los mareos, el sueño constante y todo el arsenal de cambios que el cuerpo de la mujer sufría en el primer trimestre o más. Geraldine todavía estaba dentro de ese periodo de tiempo, y yo quería ayudarla a sobrellevarlo, al fin y al cabo estaba así por mi culpa… o por mi ayuda, dependiendo cómo se mirara todo el asunto.
¡Ojalá me lo permitiera!
Miré mi reloj. Tenía tiempo de descansar un par de horas antes de volver, estaba exhausto por el viaje.
*****
Eran casi las seis de la tarde cuando regresé a la casa de Geraldine sin haber podido pegar un ojo. Todo estaba en silencio, ella todavía no había llegado. Me senté en el sofá de la galería a esperar, con el corazón en la boca.
Quería ver cuando revisara el obsequio, sin que ella supiera que yo la estaba observando. Sabía que lo primero que siempre hacía era acercarse al teléfono y revisar si tenía algún mensaje en el contestador, y el regalo estaba a un costado, así que sería lo primero que vería.
La espera fue un martirio, estaba nervioso y mis manos me sudaban. Pero cuarenta minutos después escuché el sonido de un vehículo entrar a la cochera y el ruido del portón cerrándose. Me levanté de un salto y me ubiqué al lado de la parrilla, donde la cortina estaba abierta y se veía perfectamente la cocina, aunque todo estaba a oscuras.
En ese mismo instante se encendió la luz, mi corazón empezó a latir descontrolado. Pero la sorpresa me la llevé yo al ver a un hombre impecablemente trajeado entrar antes que ella, apagar la alarma e inspeccionar atentamente el lugar con la mirada antes de que ella entrara a la casa.
¿Quién carajo era?
La rabia y los celos hicieron presa de mí en un microsegundo.
Como yo había previsto, Geraldine fue caminando directa hacia la mesada de la cocina mientras el hombre misterioso entraba y salía del cuarto de huéspedes y del escritorio.
Vi que ella fruncía el ceño al mirar la caja apoyada al lado del teléfono, así como noté que sus manos le temblaban ligeramente al dirigirse hacia la tapa. Cuando la estaba abriendo, el hombre que se acercaba a ella caminó raudo, como queriendo impedírselo, pero ya fue tarde, la tapa cayó al suelo en el momento en que él la empujó hacia un costado, como protegiéndola.
Si ese hombre pensaba que podía ser una bomba o algo parecido, no pasó nada, obviamente. El desconocido miró el contenido con cautela, se puso un guante de plástico y sacó la nota de adentro. La abrió y sin leerla la desplegó y se la mostró.
¿Qué mierda pasaba? Yo no entendía un comino.
Vi la sorpresa en el rostro de mi emperatriz al leerla.
Se llevó la mano a la boca y abrió los ojos como platos. Instintivamente miró hacia la galería, como buscándome y me vio allí parado.
—¡¡¡PHIL, NOOOOOOOOO!!! —gritó.
Pero ya era tarde.
Sentí un fuerte golpe en la nuca.
Luego… solo oscuridad.

Continuará...

2 comentarios:

luz rivas dijo...

Oh!! Por Dios!!!!! No puedo esperar a que salga el libro. Maravilloso grace.

brenda corona dijo...

HAY NOOOOOO!!!!

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