Píntame (Santuario de colores #2) Capi 04

miércoles, 7 de enero de 2015

Pensé en verificar que durmiera tranquila y volver a casa, al fin y al cabo, no me había invitado a quedarme.
Pero al igual que los primeros días en los que estuvimos juntos, cuando se quedó dormida empezó a moverse en la cama, a agitar sus pies, a quejarse en voz baja y gemir. ¿Cómo podía descansar realmente en esa forma? Me acerqué a ella y toqué su frente. Se calmó un poco, por lo menos se quedó quieta, pero siguió gimoteando.
Philddy. ¿Dónde mierda estaba el oso-almohada que yo le había regalado la primera semana de conocernos? Tenía mi camiseta, y mi olor… eso a ella siempre le tranquilizó, quizás funcionara.
Miré por todos lados. Nada.
Y era extraño, porque siempre lo tenía en su cama.
En ese momento se sobresaltó se incorporó en el somier, y respirando en forma irregular abrió los ojos, asustada, se llevó la mano al pecho y gimió.
—¿Estás bien? —le pregunté preocupado.
Miró el reloj de la mesita de luz y suspiró entrecortada. Solo había dormido poco más de una hora.
—¿Dónde está Philddy, emperatriz? —indagué.
—Ca-castigado —balbuceó. Y señaló hacia el vestidor.
Fui hasta allí y entré. Lo busqué con la mirada, hasta que lo vi en uno de los costados, donde había dejado antes de irme el esmoquin y la ropa que ella me había comprado. Todo estaba allí, como si se tratara de un altar hacia mi persona: el traje, las camisas, los pantalones, incluso los zapatos.
Y otra cosa.
Estaba el cuadro que yo le había regalado, volteado hacia la pared.
Castigado también, pensé sonriendo tristemente.
Tomé a Philddy y volví a la habitación. Ella estaba en el centro de la cama, tapada con los ojos cerrados y acurrucada como un ovillo, de costado. Levanté su brazo y puse al oso a su lado, lo abrazó y presionó su cara contra la camiseta.
—Ya casi no tiene olor —susurró.
Me saqué rápidamente el suéter que llevaba puesto, luego la camisa, hasta llegar a la camisilla. Tomé a Philddy y reemplacé la camiseta que llevaba puesta por la mía. Geraldine me miraba atentamente con los ojos entornados, volví a acomodar el oso entre sus brazos.
—¿Ahora está mejor? —pregunté sentándome en el borde de la cama.
—Mmmm —suspiró, lo abrazó y al rato estaba dormida de nuevo.
Volví al sofá y a la película que estaba viendo, de la cual no me había enterado casi nada porque todos mis pensamientos y mi atención estaban en ella. Me puse de nuevo la camisa sin abotonar, porque ya hacía fresco y miré la pantalla y los subtítulos que había activado para no tener que subir el volumen.
Al rato volvió a inquietarse.
¿Cómo mierda iba a descansar bien así? Con razón estaba con ojeras y se veía cansada… ¡si dormía mal y sobresaltándose a cada rato! Con el control remoto del televisor en mi mano, me acerqué de nuevo a mirarla y me senté en el borde del somier.
Imaginé lo que pasaría si me acostaba a su lado y dejaba que me abrazara a mí y no a Philddy. No me preocupé tanto de su reacción –lo máximo que podría hacer sería empujarme, tirarme al piso y mandarme al carajo–, sino de la mía, o mejor dicho de Don Perfecto, como ella lo llamaba. Seguro el muy caradura, cansado de la abstinencia de más de dos semanas despertaría de su letargo al sentirla y querría acción. De solo pensarlo ya sentí que se agitaba dentro de mis pantalones.
Sin duda alguna tenía mente propia.
Tranquilo, idiota… no vinimos aquí para satisfacer tus más bajos instintos, sino a ayudarla. Al parecer le importaba muy poco mi opinión, siguió creciendo. Geraldine me sacó de golpe de mi abstracción al patearme el muslo sin querer.
Algo tenía que hacer para que durmiera tranquila, y sabía cómo lograrlo. Bien, que sea lo que tenga que ser… apagué el televisor. Todo quedó a oscuras, dejé pasar unos segundos y me acosté muy suavemente a su lado de modo a no despertarla, dejando a Philddy entre nosotros.
Al instante su mano calentita se apoyó en mi frío pecho desnudo. ¡Oh, mierda, había olvidado abotonarme la camisa! La diferencia de temperatura seguro la despertaría. Estiré muy suavemente el edredón y me tapé para entrar en calor.
Debí haber estado cansado yo también, porque ya no recuerdo nada más.
Me quedé dormido.
*****
Desperté sintiendo un aliento caliente en mi cuello.
¡Oh, era la gloria! Las manos de mi emperatriz estaban tocándome, una apoyada en mi pecho y la otra rodeando mi cintura. Y su nariz traviesa me hacía cosquillas en la oreja. Con los ojos entornados volteé la cara y la miré.
Todavía estaba dormida, apaciblemente dormida.
Miré hacia la amplia puerta-ventana vidriada y vi que el sol de la mañana entraba por un hueco de la cortina cerrada. Sonreí y suspiré, contento de haber logrado que descansara toda la noche sin sobresaltarse ni una sola vez.
Y menos mal que Philddy estaba entre nosotros, estratégicamente ubicado en mi entrepierna, porque Don Perfecto estaba despierto y en su máximo tamaño de rebeldía, preparado para cualquier eventualidad. Nada raro, siempre estaba así en las mañanas.
La apreté más contra mi cuerpo y sentí sus firmes senos apoyados en mi pecho con solo el obstáculo del suave pijama de seda. Reprimí el deseo de abarcarlos completamente con mis manos, de sentir de nuevo sus pequeños pezones en mis dedos, de adorarlos con mi boca y con mi lengua. Suspiré otra vez, sintiendo que estaba a punto de explotar.
Cabras, rinocerontes, almejas… ¡babosas! Intenté pensar en cualquier cosa que no fuera su suave cuerpo apoyado en el mío.
¡Está tan delgada, Dios Santo!
Podía sentir los huesos de sus costillas en mis manos.
«Phil», susurró muy bajito. La miré. Seguía dormida. «Phil», volvió a decir y bajó la cabeza, apoyando su mejilla en mi pecho exactamente sobre mi corazón.
Estaba latiendo a ritmo desenfrenado. Cálmate, cálmate, le insté.
No quería que despertara, deseaba que durmiera toda la mañana si era posible. Pero no tuve tanta suerte, sentí por el roce sobre los vellos de mi pecho que sus pestañas se abrieron y se cerraron varias veces, oí un suspiro y noté la tensión de su cuerpo al darse cuenta de dónde estaba y con quién.
Levantó la cabeza lentamente y me miró.
—Buen día, emperatriz… feliz cumpleaños —susurré.
—Mmmm, gr-gracias —titubeó.
No parecía enojada, ni siquiera molesta. Se incorporó un poco más y miró el reloj que estaba detrás de mí sobre la mesita de luz.
—¡Las 8:12! —dijo estupefacta— ¿Dormí diez horas?
—En realidad… ocho —respondí sonriendo—. Las dos primeras no creo que hayas descansado mucho, parecías una karateca combatiendo en posición horizontal.
—¡Da igual! ¿Sabes hace cuánto que no duermo más de dos horas seguidas? ¡¡¡¿Lo sabes?!!! —se separó de mí y se desperezó en la cama— ¡¡¡Esto es… genial!!! —gritó contenta.
Tenía una ligera idea… exactamente los días que no estuvimos juntos, pero no se lo dije, sería muy presuntuoso de mi parte.
—¿Te sientes mejor, amor? —pregunté con dulzura.
—Me siento de maravillas —suspiró contenta y abrazando a Philddy volvió a taparse, mirándome por el rabillo del ojo.
La verdad, se veía mucho mejor, sus ojeras habían desaparecido.
—No quiero que te muevas hasta haber comido por lo menos un par de galletitas de agua… te las traeré —me levanté—. Eso asentará tu estómago… ¿me prometes no levantarte?
Asintió con la cabeza.
Me metí al baño y comprobé asombrado que el cepillo de dientes y las toallitas bordadas con la inscripción "Él" y "Ella" todavía estaban allí. Habían pasado dos semanas y seguía conservándolas… ¡eso debía significar algo!
Hice mis necesidades, me lavé los dientes y haciéndole un guiño al salir bajé a buscar las galletitas, descalzo, en pantalón y con la camisa desabrochada, exactamente como me había levantado de la cama. Estaba tan acostumbrado a bajar incluso solo en bóxers, que ni siquiera recordé que ahora había otra persona en la casa.
Vi a Enzo en la galería leyendo el periódico, él me miró e hizo una inclinación con la cabeza, como saludo. Se la devolví. Tomé un paquete de la cocina y subí la escalera de dos en dos para llevársela.
Se la entregué, ella estaba acostada todavía con la televisión encendida viendo las noticias de la mañana.
—Come un par… despacio —le dije. Ella asintió—. Voy a preparar el desayuno. No te levantes.
—No lo haré. Gracias —susurró.
Bajé las escaleras frunciendo el ceño, estaba muy sumisa… ¿qué se traía entre manos? Todavía no había escuchado ningún insulto esa mañana… rarísimo. Me encogí de hombros y me metí en la cocina a preparar el desayuno. El aroma del café recién hecho debió llamar la atención del guardaespaldas.
—Buen día, señor —dijo entrando y sentándose en una butaca frente al desayunador. Apoyó el periódico encima.
—Buen día —le pasé la mano—. Soy Philippe Logiudice, creo que no nos presentaron adecuadamente.
—Enzo Lugano —me devolvió el apretón con firmeza—. Yo, eh… quería disculparme por lo que pasó ayer… no sabía quién era usted y…
—No te preocupes, Enzo —negué con la cabeza, sonriendo—. Estabas haciendo tu trabajo. Por cierto… ¡buen golpe! Debes enseñarme esa técnica.
Eso relajó el ambiente. Los dos reímos.
—¿Ya desayunaste? —le puse una taza de café frente a él.
—No, señor… gracias —dijo aceptándola. Le dio un sorbo—. Mmmm, este café está delicioso.
—Mi especialidad. Aquí tienes gofres, miel —se los puse enfrente—, tostadas y queso. Espero que sea suficiente.
—¡Un lujo! Normalmente solo tomo café, la señora… eh… —se quedó callado.
—Lo sé, la señora no entra a la cocina —y reí—. ¿Hace cuánto que la están vigilando?
—Una semana, señor —contestó.
—Llámame Phil, por favor… eso de "señor" me hace sentir viejo —empecé a preparar la bandeja—. Y dime… ¿por qué exactamente tienen que hacerlo? ¿Fue amenazada o algo similar?
—No estoy autorizado a hablar de eso —respondió.
Asentí.
—¿Ya sabes quién soy, no? —le pregunté.
—Lo investigué anoche. Vi decenas de fotos de ustedes dos juntos en internet, pero en ninguna decía su nombre. Esperaba que la señora nos aclarase la situación, pero entiendo que es… ¿su novio?
—Si lo quieres etiquetar de alguna forma… bien —me encogí de hombros—. No necesitas investigar, puedo responder a todas tus preguntas para que te quedes tranquilo. Pero luego… —levanté la bandeja— la emperatriz debe desayunar ahora —bromeé—. A pesar de nuestro inicio… encantado de conocerte, Enzo… y me alegro que alguien la cuide cuando yo no estoy con ella.
—Gracias por el desayuno, Phil.
—Me llevo el periódico —anuncié—. Me verás mucho aquí… más vale que te acostumbres. Avísale a tu compañero.
—Sí, señ… digo, Phil.
Subí las escaleras sonriendo, complacido de haber dejado clara mi posición en la casa, esperaba que Geraldine no me desautorizara.
Fruncí el ceño cuando entré y no la vi. Dejé la bandejita con patas en la cama apenas escuché los ruidos en el baño. ¡Oh, mierda! Estaba vomitando. Corrí hasta ahí y la vi sentada en el piso frente al inodoro. Despejé su cara levantándole el cabello y esperé que se sintiera mejor, dándole suaves masajes en la espalda mientras descargaba el contenido de su estómago.
Las arcadas volvían una y otra vez, pero ya no tenía nada que vomitar. Era desesperante escucharla esforzarse por descargar algo que no existía. Me imaginaba el dolor que sentiría, su garganta inflamada, su estómago revuelto. Quería matarme por hacerle eso, al fin y al cabo era culpa mía.
—Tranquila, emperatriz… tranquila —susurré.
Gimió y apoyó su espalda en mi pecho y su cabeza en mi hombro.
Besé su pelo y pasé mi mano por su frente. La ayudé a levantarse, la sostuve a mi costado mientras mojaba una toallita y se la pasaba por la cara y los labios. Le di un poco de agua y le pedí que la escupiera. Lo hizo.
Sentí que sus piernas apenas la sostenían, así que la levanté en brazos y la llevé hasta la cama. Me senté en el somier con ella en mi regazo como si fuera un bebé, iba a seguir refrescando su rostro con la toallita cuando escondió su cabeza en mi cuello y me abrazó, acurrucándose encima de mí.
Escuché que sollozaba.
Abrí los ojos como platos… ¿acaso estaba llorando?
Intenté mirarla, pero no me lo permitió, me abrazó más fuerte y siguió gimoteando, tratando de ocultarse de mí. Algo imposible, porque sentía los espasmos de su pecho en el mío.
—¿Es-estás llorando, amor? —pregunté asombrado.
—Al parecer… ¡es mi condición natural ahora! —dijo y siguió sollozando.
Estaba estupefacto, porque ella me había contado que desde la muerte de su madre nunca más había llorado, y que Audrey, su terapeuta, le había dicho que probablemente volviera a hacerlo el día que sintiera tanto o más dolor que esa vez.
Indagaría sobre eso después… no era el momento.
—P-Phil… —susurró entrecortada.
—¿Qué te pasa? Dímelo.
—Voy… voy a ser… —sollozó más fuerte— ¡voy a ser una pésima madre! —y empezó a llorar desconsolada.
—¿Por qué dices eso? —y traté de que me mirara. No me lo permitió.
—¿No te das cuenta? —dijo entre lágrimas— ¡Ni siquiera puedo alimentar al renacuajo! ¿Cómo va a crecer si no retengo nada en el estómago?
No pude evitarlo… me reí.
—¡¿Te estás riendo de mí?! —preguntó enojada. Recién ahí levantó la cabeza. Me miró con el ceño fruncido, la nariz roja y los ojos llenos de lágrimas.
Estaba preciosa.
—El renacuajo está bien —le besé la frente, luego las mejillas sobre sus saladas lágrimas—. ¿Tomas tus vitaminas, no? —asintió sorbiendo la nariz. Me hizo acordar de Paloma, le limpié con la toallita—. ¿Y retuviste lo que cenaste anoche hasta ahora, no? —volvió a asentir—. ¿Ves? Ya le pasaste todos los nutrientes que necesita… y tú, amor… estarás bien también, porque en un par de semanas más se acabarán las náuseas y los vómitos como por arte de magia, te lo prometo. Estás de 13 semanas ahora, y en muy pocos casos dura más de 15 o 16, así que tranquila… se acabarán muy pronto. ¿Acaso no pasaste por lo mismo en tu embarazo anterior?
—N-no —dijo titubeando, ya más tranquila—, si vomité un par de veces o tres, fue mucho… esta vez es totalmente distinto —se quedó pensativa—, el renacuajo debe ser varón.
—Va a ser igualito a mí… —dije orgulloso.
—¡Maldito cerdo petulante! —me regañó soltándose de mi agarre y subiendo a la cama— ¡No es tuyo! ¿En qué idioma tengo que decírtelo?
—Mmmm, cierto… —y sonreí— no es mío. ¿Te sientes mejor? —Asintió con la cabeza—. Bien, come emperatriz.
Sus ojos se dispararon hacia la caja que estaba apoyada en el sofá.
—¿Quieres ver tu regalo antes? —pregunté.
—S-sí —susurró.
Me levanté y se lo di, diciendo:
—Feliz cumpleaños, amor.
—Mmmm, gracias. Soy dos años mayor que tú ahora —dijo abriendo la caja—. Y a los mayores hay que respetarlos y obedecerlos… ¿no? Más vale que lo hagas —refunfuñó.
—Haré lo que quiera, anciana… —dije riendo— soy su esclavo.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó sacando de la caja el porta-tereré delicadamente ornamentado. Levantó la guampa— ¡Qué delicia de trabajo de orfebrería! —expresó y tomó la bombilla de plata en su otra mano—, es… perfecto… y tiene mi nombre grabado —volvió a ponerlo en su lugar, sus ojos estaban vidriosos de nuevo. Levantó el termo y lo observó, suspiró—. No es igual al tuyo.
—No, emperatriz… el mío es de cuero normal y corriente, este es especial. Es un trabajo artesanal hecho por la familia de un artista paraguayo ya fallecido, el trabajo de relieve que ves es un símil del encaje ñandutí, otra de las artesanías de mi país. Todo lo que hacen es maravilloso y único, a pedido… lo hice hacer para ti.
—Gra-gracias. Es… precioso. No es posible que quieras que use esto, Phil… es un adorno exquisito, no es igual a lo que tú utilizas diariamente.
—Se puede usar, emperatriz, no es un adorno… pero lo estrenaremos juntos —la miré y le levanté la barbilla— el día que me perdones, como dice la nota.
¡Oh, oh! Su rostro cambió totalmente de expresión.
—Entonces… ¡quedarán sin uso! —dijo categórica—. Porque nunca… ¡jamás te perdonaré, Phil!
Me miró desafiante, rechinando los dientes. Cruzó las piernas, los brazos y se acuarteló contra el respaldo de su cama. Sonreí con tristeza en el mismo momento en el que un brillo en sus piernas llamó mi atención. Levanté el borde de su pijama.
La tobillera de oro con las dos rosas y los dos pimpollos, que simbolizaban dos meses y dos semanas, el final de nuestro tiempo juntos… estaban allí.
Tampoco se los había sacado.
Con tantos mensajes subliminales… ¿cómo podía no dudar de lo que me afirmaba con tanto empeño?
Pateó mi mano y ocultó sus piernas debajo del edredón.
No dije nada al respecto…
—Desayuna, emperatriz.

Continuará...

6 comentarios:

Ninoska Flores dijo...

Me muero por leer este libro gracias!!!! Me encantó este capítulo

Anónimo dijo...

Me encanta Gracias <3
estoy esperando con ansias el libro

Emmiita Jane Zarate dijo...

Omg! Siempre que leo un capitulo qedo con ganas de mas

Rhoda Ann dijo...

Ameeeee

Grace Lloper dijo...

Gracias por pasar y comentar, chicas ;-)

ichildur dijo...

Q maravilla¡¡¡ Cuánto los echaba de menos..Es increible como los personajes de los libros,no de todos,eso es cierto... se meten en tu cabeza,y si me apuran,hasta en tu corazón..y no en sentido romántico,ni sexual...simplemente es como si formasen parte de tu familia,q son personas,y no personajes,q conoces y de los q quieres seguir sabiendo...por eso hay veces q lo paso realmente mal cuando un libro,una historia se termina. Gracias por escribir esta maravillosa historia¡¡¡ Deseando q salga completa para devorarla...literalmente,claro...jajajajaja
Saludos¡¡¡¡

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