Píntame (Santuario de colores #2) Capi 05

viernes, 9 de enero de 2015

Cuando verifiqué que hubiera tomado el desayuno y sus vitaminas, le anuncié:
—Voy a casa a bañarme y cambiarme. ¿Vas a estar bien?
—¿Por qué motivo no lo estaría? —dijo aparentemente indiferente.
—¿Porque vas a extrañarme? —indagué.
—Presumido y arrogante… —bufó— ¡piérdete!
No le hice el más mínimo caso. Estaba convencido que a las mujeres no había que temerles cuando gritaban, sino cuando estaban en silencio, observándote fijamente sin decir nada.
Tomé la bandeja y me dirigí hacia la puerta.
—Amor, debes comer un poquito a cada rato, cada una o dos horas… solo un poco cada vez: un yogurt, una fruta, apio, nueces, galletas, queso, un vaso de leche, cualquiera de esas cosas. Y mucha agua… ¿ok?
—Mmmm, sí —dijo recostándose en la cama, dispuesta a leer el periódico.
—Volveré enseguida, emperatriz.
—¿Puedo impedirlo? —preguntó mirándome a los ojos, algo raro.
—No.
—Entonces… ¿para qué me lo cuentas? —se encogió de hombros.
—Para que le digas a esos matones quién soy yo y no me impidan el paso. A Enzo ya lo conocí y me presenté, pero a Bruno no… espero que…
—No me des órdenes, miserable petulante —me interrumpió.
Suspiré y puse los ojos en blanco.
—¿Almorzamos juntos? —indagué cambiando la conversación.
—Ya tengo planes —y arrugó la nariz.
—Estás mintiendo —dije riendo, al ver su tic. ¡Era tan transparente!—. Yo cocinaré… algo liviano y que tu estómago podrá retener… ¿está bien?
Volvió a encogerse de hombros, sin mirarme.
Me fui de allí.
Le daría espacio, tampoco quería que se sintiera acorralada.
Lo sabía, estaba siendo terriblemente caradura al meterme en su casa y en su cama sin invitación, pero no tenía otra opción, mi misión era cuidarla, lograr su amistad de nuevo y su perdón. Ella ya no confiaba en mí, y no la culpaba por eso… intentaría revertir ese problema con hechos, no con palabras.
¿Pero acaso ayudarla a superar sus fobias no fueron actos comprobados de mi parte en nuestra relación anterior? Y Geraldine no los tuvo en cuenta al decidir echarme a patadas de su lado.
Olvídalo, Phil… esto es un nuevo comienzo.
No vi a Enzo al bajar, me dirigía hacia la terraza cuando oí ruidos en la puerta de entrada. Volteé y observé el cambio de guardia, llegaba Bruno para quedarse. ¿Cuáles serían sus horarios? Lo averiguaría después, y me encaminé hacia la escalera.
Me ahorraba casi una cuadra de caminata ir a mi casa por la playa, así que prefería hacerlo por allí. Además, me gustaba observar el mar, a los niños jugando y a la gente tomando sol, aunque ahora no hubiera nadie ya que estábamos a final del otoño y era muy temprano.
Me relajaba, y me ayudaba a pensar…
¿Podría acostumbrarme alguna vez a vivir aquí?
Y lo que era peor de todo… ¿tendría que hacerlo?
Adoraba viajar, me gustaba Malibú por los recuerdos familiares que tenía en este lugar y por su clima suave y homogéneo durante todo el año. Pero una cosa era venir de vacaciones y otra muy diferente hacer de los Estados Unidos mi hogar.
¿Criar a Paloma en un ambiente tan diferente al mío y al de su madre? Tan falto de calidez humana y tan… mmmm… cosmopolita y acelerado. ¿Criar al bebé en camino en un mundo que no tenía nada que ver conmigo pero sí con su madre?
¡¿Dejar mi adorado Paraguay?! Mi gente, mi familia, mi trabajo, mis amigos…
¿Empezar de nuevo? ¡Por Dios! Era impensable…
En buen lío me había metido, pero decidí no abrir el paraguas antes de que lloviera, todo tenía su curso… y el destino se encargaría de poner las cosas en orden, aún si nosotros nos empeñábamos en desorganizarlo.
Subí las escaleras de mi terraza de dos en dos, saludé a Pedro que estaba barriendo, atravesé el deck, y fui directo hacia mi habitación a bañarme y cambiarme.
Mi iPhone se había quedado sin batería, lo dejé cargándose mientras me duchaba, cuando salí del baño me vestí informalmente con un jean, una camisa y lo encendí. Al instante empezaron a llegar los mensajes en el Whatsapp, la mayoría de parte de Paloma desde el teléfono de Lucía, mi hermana.
Cuando empezaba a ver progresión aritmética de dibujitos y su nombre escrito ya sabía que era ella ansiosa por hablar conmigo. Sonreí y encendí mi notebook, era mediodía en Asunción, seguro estarían conectadas esperando que las contactara.
—Te extraño, papilindo —fue lo primero que me dijo al tenerla frente a mí en la pantalla del ordenador. Su hermosa boquita esta fruncida en un mohín de disgusto.
—Yo también, mi princesita… ¿qué estabas haciendo?
Y empezamos a conversar sobre sus actividades, sus muñecas, sus juegos, la película que había visto antes de dormir.
—Tía Lucy dejó que durmiera con ella —me informó—, porque había un bicho raro en mi ventana que me dio miedo.
—¿Un bicho raro? ¿Dónde está tu tía? —le pregunté.
—Aquí estoy —dijo mi hermana ubicándose detrás de Paloma para que la viera—, solo era un murciélago, estaba muerto cuando lo encontramos.
—Ahhh, ok. No dejes su ventana abierta de noche, ya sabes que esos bichos vuelan a ciegas, pueden meterse en la habitación y asustarla —ella asintió—. ¿Cómo está todo, Lucy?
—Bien por aquí… ¿y tú? ¿Ya lograste rescatar a la emperatriz, como dice Paloma? —preguntó con… ¿sorna?
—No te pases de lista, hermanita… —puse los ojos en blanco— será una dura lucha, te lo aseguro.
Se encogió de hombros, como si no le importase.
Al rato de conversar, se acercó mi madre y se sumó al chat. Luego los dos hijos de Karen, mi otra hermana, que estaban pasando el día allí. Al final fue un total descontrol, mis sobrinos pidiéndome que les comprara juegos para su playstation, Paloma intentando llamar mi atención, mi madre tratando de indagar lo que pasaba con Geraldine y Lucía riéndose a carcajada de todos.
—¡¡¡Ya, ya, yaaaaa!!! Me aturden —dije riéndome yo también—. Mamá, volveré a comunicarme mañana a la misma hora, gracias por cuidar a Paloma. Chicos, no sé cuándo volveré, pero les prometo llevarles los juegos que quieran… Palomita, no te pongas triste, mi princesita, papi hará todo lo posible por volver pronto. Y Lucy, gracias por todo, sis… sé que mi princesa está en buenas manos contigo.
—No lo dudes, bro —y me tiró un beso.
Todos lo hicieron. Y Paloma se prendió al cuello de Lucía y escondió la cabeza allí. ¡Oh, mierda! Estaba llorando. Apagué el Skype antes de que la angustia me hiciera tomar el teléfono y solicitar una reserva inmediata para marcharme de nuevo a consolar a mi preciosa niña.
Me pregunté si a Geraldine le importaría saber todo lo que estaba sacrificando por ella… lo dudaba. Uno de sus defectos más visibles para mí siempre fue el hecho de estar muy encerrada en sí misma, por no decir "egoísta", pero no la culpaba… ella era así, producto de su niñez como hija única y heredera del imperio Vin Holden.
Tenía que lograr llevarla a mi país, a mi casa, aunque sea de visita, estaba seguro que su visión de lo que es una familia cambiaría cuando conociera a la mía, ella en realidad nunca tuvo una y creí firmemente que podría cambiar su actitud. Podían ser un grano en el culo a veces, la mayoría de las veces, pero lo eran todo para mí.
Los amaba, a todos y cada uno de ellos.
Suspiré, cerré la notebook y miré la hora. Ya pasaban de las diez, decidí ir al supermercado, surtir mi heladera y comprar todo lo que necesitaría para meter un poco de carne en el cuerpo delgado de mi emperatriz… ¡con urgencia!
Cuando llegué, estacioné frente a su casa y bajé con la bolsa de compras, dejando el resto en el vehículo. Me quedé parado con el ceño fruncido al ver las puertas de acceso abiertas de par en par.
¿Qué mierda pasa aquí? Avancé…
Me quedé embobado en el palier viendo a una mujer joven que no conocía impartiendo órdenes a un pequeño ejército de ayudantes que estaban decorando la casa con globos y telas de colores.
¿Geraldine iba a hacer una fiesta?
Bruno me detuvo cuando estaba por entrar.
—Hola, amigo —le dije con desenfado— ¿me recuerdas?
—Necesito registrarlo antes de entrar —contestó muy serio.
—¿Es-estás bromeando? —balbuceé, me asió del brazo— ¡Suéltame!
—¿Qué tiene en esa bolsa? —preguntó.
—Solo comestibles… déjame entrar —miré alrededor intentando zafarme de su agarre— ¡Geraldine! —la llamé a gritos.
—Señor… solo hago mi trabajo, por favor…
—¡Suéltame, carajo! ¡¡¡Geraldine!!! —grité más fuerte.
Oí una risita a mi costado.
—Bruno, déjalo ya —dijo mi emperatriz riendo recostada contra la puerta de su despacho al costado del acceso.
El susodicho me soltó al instante y se quedó parado al lado mío con cara de pocos amigos.
—¿Te parece gracioso? —le pregunté, ella solo rio más— ¿Qué ocurre aquí?
—Es obvio… ¿no? Habrá una celebración… —y avanzó hacia la sala. La seguí.
Ni preguntaría si estaba invitado.
—¿Comiste algo, emperatriz?
—No.
—Toma esto —y saqué un yogurt de la bolsa.
—Es entero —se quejó.
—Geraldine, tómalo… —dejé la bolsa encima de la mesada del desayunador—. No habrá productos dietéticos para ti hasta que subas esos kilos que perdiste… estás demasiado delgada.
Suspiró y me lo sacó de la mano, lo abrió y tomó un sorbo.
Me acerqué y le di un beso en la mejilla, noté que se tensó.
—Hola de nuevo —le susurré en su oído.
Usé esa voz aterciopelada que ella definía como "de chocolate derretido", y otras veces como "de manteca de maní". Sabía que le gustaba y sentí su estremecimiento. También otra cosa… su rendición, apoyó su mejilla en la mía rozándola, y por un par de segundos pensé que se acurrucaría en mis brazos, lo esperé… pero no lo hizo.
Levantó la mirada hacia mis ojos y suspiró, aparentemente confundida. Se sentó en la butaca y siguió tomando el yogurt, observando a los trabajadores.
Desilusionado, entré a la cocina y me dediqué a preparar el almuerzo.
Cuando terminé de cocinar, sin que me hubiera prestado la más mínima atención, la gente que estaba decorando la casa se había retirado a almorzar. Encontré a Geraldine en la galería sentada en el sofá leyendo. Bueno, leer es un decir… tenía la mirada fija en el horizonte hacia la playa, y el libro abierto en su regazo.
—Un dólar por tus pensamientos —le dije.
Se sobresaltó.
—Valen más que eso, créeme —me respondió enigmática.
—No dudo que me harás pagar mucho más —le tendí la mano—. Ya está la comida, emperatriz… ven.
Se levantó y me dejó con la mano tendida.
Me insté a mí mismo a asumir que esa sería su actitud hacia mí, porque de lo contrario me pasaría los días enteros sintiendo que me clavaba una y otra puñalada en el corazón. No podía culparla, yo le había hecho más daño aún, solo estaba devolviéndomelo.
Era una escorpiana de pura cepa. «El veneno está en la cola», y yo se la había pisado… no se conformaría con un solo coletazo.
Nos sentamos en el desayunador uno frente al otro, e informalmente le serví los espaguetis en salsa boloñesa con champiñones que había preparado. Vi en la galería al matón que la seguía a sol y a sombra, así que serví otro plato más.
—¡Bruno, ven! —lo llamé.
El guardaespaldas se acercó, sonreí al ver a tremendo hombre recorrer con su ávida mirada el plato repleto de pasta y abundante queso rallado que le entregué, le pasé los cubiertos y el individual, me retribuyó murmurando un «gracias, señor» apenas audible. Hasta parecía tímido.
—Buen provecho, amigo —le dije.
Inclinó la cabeza y se fue a almorzar a la galería.
—Ya te lo ganaste —dijo Geraldine burlona.
—Dicen que a los hombres se los conquista por el estómago… ¿no lo sabías?
—Pues pierden el tiempo conmigo si es así —bufó.
—No necesitas conquistar a nadie, ya me tienes babeando a tus pies —me miró a los ojos—, yo cocinaré para ti, amor… me encanta hacerlo.
—Phil… contén tu labia, no te creo nada —y le dio una probada a la comida—. Mmmm, tengo admitirlo, está delicioso.
—Come despacio, emperatriz.
*****
—Creo que ahora deberías hacer una siesta —le sugerí cuando terminamos de almorzar.
—Jamás duermo de día —contestó frunciendo el ceño.
—Eso era antes… si esta noche vas a trasnochar, te recomiendo que…
—¿Acaso pedí tu opinión? —me interrumpió— No necesito un niñero, Phil. Ya tengo que soportar que dos matones invadan mi privacidad, ¿también tendré que aguantar que me des órdenes? ¿Quién te crees que eres?
—Bien, haz lo que quieras… —suspiré— ¿por qué "tienes" —enfaticé esa palabra con mis dedos— que soportar a los guardaespaldas ahora? ¿Acaso tuviste algún problema?
—No, pero fue la recomendación de una persona a quién aprecio mucho y que me está ayudando con los temas de la petrolera —me miró y se encogió de hombros, como diciendo: "Bien, se lo contaré"—. Se llama Archivald Hamilton, y es un señor muy amable, asesor de mi padre desde que yo era niña. Él cree que el hecho de haber heredado toda esa fortuna me hace un blanco fácil para cualquier atentado, un secuestro, por ejemplo.
—¿Y a quién se supone que los secuestradores exigirán el dinero?
—Es increíble… fue lo mismo que yo le pregunté. A la petrolera, obviamente. Yo no le he cedido el poder a nadie todavía, no les conviene que yo muera, no tengo herederos directos… aún —en ese momento sonrió pícara, ¡qué preciosa era!—, y mis bienes se congelarían hasta que una corte decidiera cuáles de mis parientes lejanos con quienes ni siquiera tengo trato, se quedaría con todo.
—Gracias por contármelo, emperatriz.
—¿Acaso no te afectaría a ti también? —me miró con los ojos entornados— Eres mi socio ahora… ¡por Dios! Vaya sorpresa —refunfuñó.
—Todo eso no tiene nada que ver con nosotros, amor… para mí solo eres Geraldine, la mujer… —me acerqué a ella— que me vuelve loco, que me hizo cruzar todo un continente porque no puedo vivir sin ella.
—Mentiroso de cuarta categoría… —gruñó— tú solo viniste porque crees que el renacuajo es tuyo. Pues entérate de una buena vez… ¡no lo es! ¿Qué mierda esperas obtener de todo esto?
—Es tu cumpleaños, emperatriz… mejor dejamos esta conversación para otro día, no quiero que te alteres.
Justo en ese momento nos interrumpió la organizadora solicitándole a Geraldine que decidiera sobre unos detalles de la decoración. Una cosa llevó a la otra, dejamos de conversar para dedicarnos a ayudar a la mujer, que tuvo un problema de personal y no creía poder terminar con los centros de mesa.
Nos sentamos en la galería con los arreglos de flores secas y empezamos a armarlos de acuerdo a las indicaciones de la organizadora, que se llamaba Sharon. Era un trabajo relajado, Geraldine demostró ser muy buena en manualidades, pero mi mano –al parecer muy grande para esos menesteres– se trababa a cada rato entre tanta cinta y moño, así que decidí ayudar a la muchacha a colgar los globos y las telas.
Más tarde fui a retirar la torta a una repostaría en Santa Mónica, cuando volví ya estaba anocheciendo. Dejé la caja sobre la mesada de la cocina –esta vez sin que nadie me impidiera el paso– y le pregunté a Geraldine si necesitaba algo más.
—No, muchas gracias por tu ayuda —me respondió.
—¿Vendrá mucha gente?
—Mmmm, no… unas 40 personas.
¿Y yo? Quise preguntarle, pero el idiota orgullo me lo impidió. Ni siquiera me miraba, estaba ubicando pequeños bombones dentro de unas coquetas cajitas.
¿De verdad no pensaba invitarme?
—Me voy a casa, amor… a bañarme.
—Ya deja de llam… —y bufó, probablemente al recordar lo que le había dicho antes— nadie te detiene, Phil —terminó diciendo.
Me acerqué y le di un beso en el cuello, no podía ver su rostro, pero noté que se tensó, le acaricié los brazos desde atrás.
—Vete ya —dijo altanera, moviendo sus brazos.
Suspiré fastidiado, iba a tomar rumbo hacia la playa cuando recordé que tenía mi vehículo estacionado enfrente de la casa. Di media vuelta y me fui sin decirle nada, a unos metros volteé la cara para mirarla y por un microsegundo vi que me estaba observando antes de volcarse de nuevo a sus quehaceres.

Continuará...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta gracias

meybel torres dijo...

Ya quiero q llegue viernes. .. lo quiero completo con Phil incluido♡♡♡♡♡
Adoro esta pareja

Anónimo dijo...

o Por Dios ya quiero el otro capitulooo por favoooor

ichildur dijo...

Ufffff,si bien la entiendo y creo q lo haría incluso peor...duele verle pasarlo tan mal...

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