Cántame... una canción de amor (Capítulo 01)

lunes, 31 de agosto de 2015

CANCIÓN 01


Asunción, Paraguay
casi dos años después… 

Lucía

—No pienso ir —negué rotundamente.
—¡¿Q-qué?! —balbuceó mi madre anonadada— ¡No puedes faltar a la boda de tu hermano!
—¿Por qué no? —me encogí de hombros— ¿Qué tan importante puede ser? Ya estuve en su primer casamiento. Además, viven juntos hace más de dos años. Es solo una tonta formalidad para que el romántico de Phil pueda llamar "mi esposa" —acentué con mis dedos los paréntesis— a su gringa.
—¡Su gringa! —mi madre se tomó la cabeza con sus manos y suspiró— ¿Por qué te diriges a Geraldine de esa forma? Tiene un hermoso nombre y es una bella persona. Se casan porque se aman, y nos invitan porque quieren compartir con nosotros su alegría… ¿qué es lo que te pasa, hija? Hasta enviaron los pasajes con fecha abierta para que nadie tuviera excusa alguna para negarse. Y hacen coincidir su boda entre Navidad y Año Nuevo, para que podamos pasarlos todos juntos.
—Pagaron los pasajes… —bufé— solo la gringa, con sus millones y sus excentricidades puede hacer semejante cosa. Como si no pudiéramos costear un puto tiquete… ¡no quiero ir, mamá! —exploté enojada— Ay, por favor… déjame en paz.
—¿Van a quedarse solos? —preguntó desesperada.
—¿Y qué? ¿Acaso alguien va a violarme? ¿Van a asaltarnos? Por Dios, madre… vivimos en un búnker.
Me refería a que la mansión de mis padres estaba dentro de un condominio de cinco casas. Las otras cuatro eran nuestras, una de cada uno de sus hijos. Éramos tres mujeres y un varón. Mi hermana menor vivía en Utah con su esposo y su nena; y mi hermana mayor –aunque menor que Phil– en una ciudad en la periferia de Asunción con su marido y sus dos hijos. Yo alquilaba la casa que me correspondía, mi madre no quería quedarse sola en un caserón tan grande, y la verdad… no había necesidad de que me mudara. Desde que mi padre murió nos hacíamos compañía.
—¿Qué hay de Jamie? —usó su último recurso.
Mi bello nene levantó su cabecita y nos miró al escuchar su nombre. Estaba jugando en la alfombra al lado nuestro, rodeado de animales de granja y dinosaurios. Esa era su perdición, ni siquiera los autitos, los trenes o las pelotas le gustaban tanto. A donde íbamos tenía que llevarle su granjita, que no era más que un maletín con forma de establo, que se abría y estaba lleno de cerdos, vacas, caballos y demás. Y por si fuera poco, él había metido a la prehistoria en el paquete.
—¿Qué hay con él? —pregunté sin responder.
—¿No querrá pasar con su familia? Ver a sus primitos, jugar con ellos…
Me reí a carcajadas.
—Míralo, mami —las dos lo hicimos, mi niño sonrió mostrando sus pequeños dientecitos—. Tiene poco más de un año… ¿crees que lo recordará en unos meses?
Volteé y di por zanjada la conversación metiéndome en la cocina. Era hora de la merienda de mi bello hijo, mi sol… mi vida entera.
Pero no conté con la astucia de mi familia.
Yo podía negarme, pero ellos tenían un as en la manga que no preví.
—Tiíííííta, quiero verteeeeee —lloriqueó Paloma desde el monitor de la laptop dos días después, era la hija de Phil, mi otro sol, mi niña… a la que había criado—. Papi y mami dijeron que este año no vamos a ir, que ustedes van a venir para la boda. Y después… —sorbió su nariz y se pasó la remera por su cara llena de lágrimas— me contaron que ni tú ni Jamie vendrán… tíííííííía, nooooo —y lloró desconsoladamente.
—Mi princesita hermosa, no llores, mi nena… —mi corazón empezó a latir descontrolado, no podía verla sufrir… ¡y menos por mi causa!
—Pero tííííííía, no puedo callarme, quiero que vengas. Desde las vacaciones de verano que no te veo… —se refería a las suyas, en julio— y si no vienes ahora, va a pasar un año entero, tíaaaaaaaaaa.
Yo ya estaba a punto de llorar, algo que solo Paloma podía lograr.
Y dijo lo que no debía:
—Te amo, tiíta… te amo… ven, por favor —y lloró más fuerte—, te extraño muuuuuuucho. Porfi, porfi… porfiiiiii —su preciosa boquita temblaba y su carita estaba llena de lágrimas.
—Sí, sí… sí, mi amor… allí estaré mi nena hermosa —respondí desesperada—. Pero deja de llorar, por favor.
—¿Lo prometes? —preguntó haciendo un pucherito.
—Te lo juro, mi vida —y le hice la señal de la "V" con los dedos sobre mi corazón.
Y por fin pude ver de nuevo la preciosa sonrisa de mi niña. Se acercó a la cámara y llenó de besos mi monitor. Solo por verla, solo por abrazarla, y solo por hacerla feliz merecía la pena arriesgarme a ir a California… y volver a verlo…
A él… al donador de esperma.
¿Qué podría pasar realmente? Nadie, absolutamente nadie sospechaba nada. El nombre del padre de mi hijo era un secreto que toda mi familia deseaba saber, pero que si de mí dependía… moriría conmigo.
Él estaría en la boda, con seguridad. Volvió mi desesperación. Suspiré, me costaba respirar solo con pensar en la posibilidad de que ese hombre pudiera enterarse de la verdad. Luego negué con la cabeza… no había forma de que eso ocurriera.
Y le había hecho una promesa a Paloma, debía cumplirla.
¡Oh, mi niña! La desesperación por perderla me hizo cometer la locura de embarazarme dos años atrás.
Todo estaba bien, hasta que mi padre murió y Philippe, mi hermano, tuvo que hacerse cargo de todo. Viajó a los Estados Unidos para enfrentarse en un juicio a un gigante: la Petrolera Vin Holden, con quien mi padre había dejado un contrato firmado y nosotros, sus hijos, no estábamos de acuerdo con algunos términos.
La petrolera alquiló nuestras tierras en el Chaco paraguayo con el fin de encontrar el tan preciado crudo que ya escaseaba en las suyas. Pero mi padre no previó temas importantes como el medio ambiente, la fauna, la flora y sobre todo, la vida de los residentes indígenas. Por esas cuestiones Phil fue a pelear.
Y allí en California la conoció a ella… Geraldine Vin Holden. Es nuestra vecina en la casa de verano que tiene mi familia en Malibú, donde Phil fue a quedarse.
Ok. No la soporto, la aborrezco. Nunca me cayó bien, y lo peor de todo es que sé que ama profundamente a mi hermano y a Paloma, a quien trata como si fuera su propia hija, incluso mi niña la llama «mamá». Analicé mucho ese sentimiento y llegué a la conclusión de que no podía odiar a mi hermano, a él lo amo a pesar de que peleamos como perro y gato, así que la culpé a ella, era más fácil.
¿Cómo no iba a hacerlo? Con esa mujer empezaron todos mis problemas. El idiota de Phil luego de más de cuatro años de viudez volvió a enamorarse, tuvieron muchos conflictos, incluso llegué a pensar que no volvería con ella, que era demasiado el abismo que los separaba. Pero lo hizo cuando descubrió que el hijo que Geral esperaba era de él. En ese tira y afloje entre los dos, en el cuál no decidían qué iban a hacer o dónde iban a vivir, seguí haciendo de madre sustituta de mi sobrina y ahijada. Pero sabía que tarde o temprano me la quitarían. Geraldine era demasiado famosa, cosmopolita y sofisticada como para marchitarse viviendo en Asunción… una ciudad perdida en el corazón de Sudamérica.
Phil fue tras ella y con él… mi niña.
Pero ya estaba embarazada cuando eso ocurrió.
A veces me pongo a pensar en la locura que cometí y dudo seriamente si lo volvería a hacer, pero no me arrepiento… ¡NO! Tuve a mi niño… y era todo lo que siempre quise, era mi vida entera.
Un mes después de que ellos se fueran nació Jamie Maurice Logiudice Girardon –lleva mis dos apellidos, por supuesto–, se adelantó porque tuve complicaciones, más específicamente: placenta previa. A las 36 semanas esa conexión vital entre el bebé y la madre me cubría completamente la abertura del útero y tuve un sangrado intenso, repentino e indoloro. Gracias a la intervención de mi madre, me practicaron una cesárea inmediata y nos salvaron, a mi bebé y a mí. Jamie apenas necesitó una semana de incubadora por precaución, estaba en perfecto estado y pesaba más de 2 kilos.
Maurice también se llama el hijo de Phil y Geral: Maurice Alexander Logiudice Vin Holden. Me ganaron de mano. De la misma forma que ellos quise recordar a mi padre incluyendo su nombre en el de mi bebé, así que lo dejé en segundo lugar, como un homenaje a un hombre maravilloso.
¡Lo extrañaba tanto! Aún ahora, a más dos años y medio de su muerte puedo sentir su aroma. A veces entro al que fue su despacho en casa y me siento en el sillón gerencial de su escritorio, como si todavía lo hiciera en su regazo y él me abrazara… puedo estar horas enteras sentada en posición fetal en ese lugar, añorándolo.
Mi padre fue el único hombre en este mundo que nunca me defraudó.
Al final me dejó sola también, como todos… pero de eso no puedo culparlo. Si alguien tiene la culpa ese fue August Vin Holden, el padre de Geraldine. El mío sufría del corazón, y tratar con un auténtico coloso como lo es la petrolera fue más de lo que su frágil órgano pudo soportar. Él fue el responsable, sin duda alguna, menos mal que también estaba muerto.
Nadie culpaba a Geraldine, por supuesto que no… ¡mi familia era tan altruista! Ella era solo la hija, y se suponía que tampoco se llevaba muy bien con su padre. Al menos, esos son los cuentos que Phil nos hizo creer.
¡Oh, mierda! De vuelta me estaba haciendo la paja mental con historias pasadas. Mi terapeuta me lo recalcaba cada vez que iba: deja de aferrarte al pasado, vive el presente y no pienses en el futuro. El hoy es lo importante, escarbar el ayer solo sirve para abrir viejas heridas que envenenan.
¡Hoy, hoy, hoy! Era demasiado terca para hacerle caso.
Y estacioné mi vehículo en el lugar asignado para mí en la oficina. Porque si bien solo tenía que pensar en el «hoy», había muchas cosas que debía organizar para que en el «mañana» la oficina siguiera funcionando sin nosotros cuando viajáramos.
«Nosotros» éramos mi hermana Karen, Aníbal Ferros y yo.
Aníbal era el mejor amigo de Phil, y el gerente general de nuestra Agro-ganadera. Él se hizo cargo de todas las responsabilidades de mi hermano cuando decidió ir a vivir a los Estados Unidos. Además, eran socios en un emprendimiento paralelo, algo relativo a hojas de moringa, qué se yo, nunca indagué demasiado. Lo que sí sé es que Phil ahora se dedica a la importación, con sede en Malibú distribuye nuestros productos y materias primas a todos los Estados Unidos.
Los tres nos vamos a California para su casamiento, así como mi madre, el marido de Karen, sus dos hijos y Jamie. La oficina queda abierta, pero solo para recibir pedidos que serán procesados a nuestra vuelta. Se supone que estaremos 10 días fuera, desde el 23 de diciembre hasta el 2 de enero. Nada se mueve demasiado en época de fiestas de todas formas.
Ya solo faltaban 15 días…
Mi corazón volvió a latir con ímpetu.

*****

Malibú, California
Diciembre, 15 días después…

Jared

—¡¿Dónde está mi pequeña noviaaaa?! —pregunté gritando.
Acababa de llegar a California y desde la terraza de mi casa en Malibú podía ver una parte de la de Geraldine y Phil –mis vecinos y amigos– y su piscina. Pero no veía a Paloma, su hija, seguro estaría jugando en la galería. Volví a llamarla mientras caminaba hacia la escalera que bajaba a la playa.
—¡¡¡Tío Jared!!! —gritó mi princesa y la vi corriendo al costado de la pileta seguida por un desesperado guardaespaldas como si fuera su niñero.
Geraldine salió riendo de la casa.
—¡Déjala, Bruno! —le ordenó— Jared la traerá.
Y mi bella princesa bajó corriendo las escaleras de su casa en el mismo momento en el que yo descendía de la mía. Nos encontramos en la playa a mitad de camino. Paloma me saltó encima a horcajadas y me abrazó fuerte, como si no me hubiera visto en años, y solo fueron dos semanas. La llené de besos en la mejilla y el cuello.
—Te extrañé mucho, tío… muuuuucho —aseguró sin soltarme.
Ya estaba subiendo de nuevo las escaleras de su casa con ella a cuestas contándome sus novedades cuando vi a Geraldine esperándome en la galería sonriendo y con las manos en la cintura. Pasé al lado del mastodonte y carísimo niñero con cara de pocos amigos, lo saludé con la cabeza y seguí caminando para encontrarme con mi adorada amiga.
—Hola, mi pelirroja —la saludé con un beso tomándola de la cintura con una mano y elevándola del piso—. Estás tan bella como siempre.
—Y tú tan zalamero —respondió riendo y abrazándome también.
—Mami, tío Jared vino para la boda —anunció Paloma.
—Por supuesto —le aseguré—, soy el hombre que entregará a tu mami en el altar —hice como que lo estuviera pensando—. Mmmm, creo que analizaré bien esa situación. No sé si tu papi se merece a esta hermosa mujer.
—¡Claro que se la merece! —protestó la niña— Mi papilindo es el mejor.
—¿No era yo el mejor? ¿Ehhhh? —y empecé a hacerle cosquillas.
—¡Basta, tío, bastaaaaaa! —gritaba riendo a carcajadas.
—Bueno, dejen de hacer payasadas —dijo Geraldine riendo y llamó a la empleada—. ¡Consuelo! ¿Nos traes café y masitas dulces, por favor? Y dile a Lina que es la hora de merendar de los chicos. Siéntate, cariño —me pidió.
—Mmmm, tengo un regalito para mi noviecita por su cumpleaños —dije misterioso, hacía unos días había cumplido 7 años. Paloma abrió los ojos como platos, sentada en mi regazo—. Lo tengo puesto… ¿lo ves? —y abrí los brazos en posición histriónica.
Mi dulce niña empezó a revisar mi cuello, mis brazos, los pendientes de mis orejas, cualquier cosa. Pero no encontró nada nuevo. Geraldine sonreía divertida. Entonces llevé mi mano a la cabeza y me saqué el gorro con visera que llevaba y se lo puse a ella.
—Ahhhh… ¡gracias tíoooo! —y me abrazó.
¡Oh, mi niña hermosa! Era tan demostrativa y agradecida.
—Pero míralo, princesa —le pedí. Se lo sacó, lo observó. Sonrió. No entendió—. ¿Sabes de quiénes son estos autógrafos? —le pregunté.
—Ohhh… ¡NOOOOOOOO! —se bajó de mi regazo y empezó a saltar en círculos—. Tío, tío… no me digas, no lo digas, me desmaaaaayo —hizo una actuación digna de Hollywood—. ¡¿De Miley y Justin?!
Vi que mi amiga frunció el ceño. Esos dos jóvenes cantantes no eran el mejor ejemplo que ella deseaba para su niña, y aunque no era su madre biológica, la sentía como si fuera suya. Al final terminamos los dos riendo a carcajadas de las payasadas de Paloma. Empezó a correr por todos lados mostrándole su gorro al guardaespaldas, la mucama, la niñera y terminó subiendo las escaleras para ir a enseñárselo a su papá que estaba en la planta alta.
—¿Y tú cómo estás futura señora Logiudice? —pregunté riendo.
—Estupendamente bien, esperando a toda la familia que viene desde Paraguay, llegan esta noche. Y mañana también llega la otra hermana de Phil, Alice, con su familia desde Utah… ya ves. Hogar lleno.
—¿Necesitas espacio? Mi casa está vacía, pelirroja.
—No, claro que no… la casa de Phil está a 200 metros, y tiene 4 dormitorios. La familia Logiudice completa se quedará allí, menos Aníbal, a él le preparamos el cuarto de huéspedes aquí.
—Ahhh, pero yo quiero hospedar a la Luciérnaga en mi casa… será un placer —dije bromeando pícaramente refiriéndome a Lucía, la hermana de Phil.
—¿Quieres ser asesinado mientras duermes? —preguntó con sorna— Y no la llames así, es muy capaz de escupirte.
Ambos reímos a carcajadas.
A pesar de lo hermosa que era, los dos sabíamos que esa mujer no tenía el carácter más dulce del mundo, por lo menos con nosotros. A Geraldine apenas le dirigía la palabra, y a mí… bueno, no entiendo qué pasó con nosotros dos años atrás cuando la conocí. Un día fue todo fuego y pasión, y dos días después cuando se enteró quién era yo… por poco me ahoga en la pileta.
¡Quién entendía a las mujeres!
En ese momento llegó corriendo el más pequeñín de la familia, seguido por una muy cansada niñera, que realmente había que levantar un monumento en su nombre, Maurice era dinamita pura.
Tiotare, tiotareee —era una extraña forma de decir «tío Jared»— ¡Upa! —me pidió prendiéndose de mi pierna.
Lo levanté riendo. Era un regordete bebé de poco más que un año y medio, idéntico a su papá, imposible negar su paternidad.
—¡Hola campeón! —y le mostré mi mano. Él me chocó las cinco.
¿Degalo? —preguntó con su inocente vocecita.
Geraldine me miró riendo, como diciéndome: «no puedes hacer diferencias, le traes regalo a uno, debes traerle a los dos».
Pero yo había venido preparado. Metí la mano en los bolsillos de mis pantalones y saqué dos gomas de mascar. Mi amiga frunció el ceño. Desenvolví una, Maurice me miraba feliz, creyendo que le daría el dulce a él. Pero no… lo metí en mi boca. El hermoso bebé hizo pucherito.
—Mami no quiere que te dé goma de mascar, así que pásame tu manito —le dije. Me la dio. Puse el envoltorio sobre el dorso y la rasqué con mis uñas mientras él observaba atento y con la boca abierta— ¡TAAA TAAAAAAAN! —grité sacando el papel—. ¡Un tatuaje igual que el de tío! —me vanaglorié.
¡Ahhhh, shiiiiii… oto, otooooo! —y me pasó su otra manito.
Cuando le hice el otro tatuaje corrió emocionado a mostrárselo a su papá.
Nos quedamos solos, Geraldine se apoyó en mi costado y me abrazó, poniendo su cabeza en mi hombro. La besé en la frente.
—Te adoran —me dijo.
—Y yo a ellos —respondí suspirando. Luego cambié de tema—: ¿Sabes que Caroline llega mañana? Viene para tu boda.
—¡Qué bueno! Amo a tu madre —aceptó emocionada.
—Y ella a ti… dice que como la tuya no estará contigo en tu casamiento, ella vendrá que hacer ese papel.
—Nadie mejor para el puesto —respondió emocionada—. ¿Van a pasar Nochebuena con nosotros?
—No, pelirroja… tenemos otro compromiso.
En ese momento llegó Phil, el futuro esposo de mi amiga. Ni se inmutó al vernos abrazados, estaba acostumbrado.
—Me los vas a echar a perder, a los dos —se quejó riendo. Tenía a Maurice en brazos y a Paloma de la mano—. ¿Justin y Miley? ¿Tatuajes? ¿Qué será lo siguiente, un piercing? ¿Revistas pornos?
Todos reímos.
—Hola, hermano —lo saludé.
Me levanté y nos abrazamos.
—Hola y chau —dijo riendo—. Tengo que ir a buscar a mi familia del aeropuerto —y frunció el ceño—. No sé cómo haremos para entrar todos. Bruno llevará tu camioneta —le dijo a Geraldine—, Enzo la mía… en dos entramos apretados, pero ¿y las maletas?
Aeropuerto. Avión. Familia de Phil. Hermanas… ¡LUCÍA!
—Les acompaño con mi vehículo si quieren —me ofrecí.
—¿De verdad? —preguntó Geraldine. Asentí— Entonces sobra lugar… ¡vamos todos! Gracias, cariño.
Una tarea fácil. Era capaz de cualquier cosa por ellos.
¡Oh, Demonios! Adoraba a esa familia.
Y la hermana de Phil… ufff, ese era otro cuento.

Continuará...

1 comentarios:

Mery Cea dijo...

Ohhh, ya quiero tener el libro para leer, leer, leer y leer osea devorarme el libro.

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